sábado, 29 de noviembre de 2008

Insomnio



Otra noche en vela. Sospecho que mis costumbres, pese a no ser muy libertinas, ni siquiera responden al término inventado de “jolgóricas”, me impiden conciliar el sueño a la hora que preciso para poder madrugar el día siguiente. El colchón supongo que tampoco ayuda.

Otra vuelta en la cama. Ya he probado un par de veces el lado izquierdo y no hay forma. Los muelles se me clavan y no entiendo por qué. El día que me mudé, yo y mi compañero de piso esperamos a que todos saliesen de casa para cambiar los colchones y quedarnos los más cómodos. Luego yo le hice una marca al mío para no convertir la convivencia en un círculo vicioso, y así poseer una llave que fuese capaz de parar la vorágine en potencia que corría el riesgo de estar comenzando. Pero el maldito colchón sigue siendo demasiado protagonista de mis noches de insomnio. Es blando, incómodo, su movimiento suscita en mí la idea de que quizás tenga vida propia, o al menos consciencia…no sé si se puede tener uno sin tener el otro…no obstante, ahora no es momento.

Desde el salón me llegan sonidos de música. Mis compañeros de piso están bebiendo cervezas y “pinchando temas” en you tube. Ahora le toca a Laura Pausini, quien hace el relevo de Nec, ¿se llamaba así el que cantaba la canción esa de “Laura no está, Laura se fue”? Quizás eso explique porque no duermo. ¿Quién podría dormir tranquilo bajo el mismo techo que esta gente? Supongo que sólo trato de legitimar el cambio de colchones.

Me ahogo en mis pensamientos con la esperanza de que la banalidad de los mismos me ayude a conciliar el ansiado sueño que no llega. Por algún extraño camino llego a acordarme de “El retrato de Dorian Gray”, un buen libro, pero no recuerdo el nombre de su autor ¿Por qué sólo me sale el nombre de George Orwell? Era parecido, pero no logro recordarlo. Veamos si apoyado en el lado derecho. No. Tampoco me ayuda a recordar. De pronto me ha venido a la cabeza el nombre de Charles Dickens y la sensación de encontrarme aun más desencaminado ¿Cómo se llamaba?

Pruebo apoyando la espalda, el pecho, enciendo la luz y trato de buscar alguna pista en el libro de italiano que yace sobre mi mesilla: “Teoría y técnica de la publicidad” (lógicamente he traducido el título). Nada no hay manera.

Decido levantarme. Voy hasta el salón. Abro la puerta y una nube de humo me recibe con una alegría ebria. Lanzo la pregunta al aire antes de que alguien utilice el típico “Jose” sorprendido, ya que no deseo dar explicaciones, sólo saber cómo se llamaba ese tío del que decían era gay pero él lo negaba.

“Oye. ¿Alguien recuerda cómo se llamaba el tío que escribió El Retrato de Dorian Gray?” Inevitable. Oigo un “Jose”. Lo interpreto como un “ni idea” y les pido amablemente que lo miren en Internet. Doy educadamente las gracias y me vuelvo a la cama. Espero dormir mejor ahora que he solucionado la cuestión del autor que ocupaba mi mente y cuyo nombre no recordaba. Guardo un buen recuerdo de esa obra, pero no sé si como para quitarme el sueño. Sin embargo no funciona. Sigo sin poder dormir.

Media hora después vuelvo a levantarme. Regreso al salón y empiezo a escribir esto. Noto como las valerianas que he tomado antes de alcanzar el salón en mi último viaje no hacen ningún efecto, y ya estoy terminando de escribir. Empiezo a preocuparme ¿Y si he perdido la capacidad de dormir?

Oigo otro “Jose” y siento que es el detonante que esperaba para irme de una vez por todas a la cama. De todos modos, es muy difícil escribir cuando la gente a tu alrededor esta bebiendo, fumando, riendo y oyendo música. Espero que sea una cuestión de insistir.

lunes, 24 de noviembre de 2008

Madurar a los 26


Querida familia, amigos, conocidos, detractores, curiosos, atrevidos, amantes y demás. Os contaré cómo comenzó todo. Fue hace unos años, diez o así. Yo estaba sentado en el sofá de mi casa, tranquilamente, creo que veía la televisión, cuando mi hermano Charly interrumpió en el salón y me dijo: “Alguien me ha dicho que eres un tío listo”. Desde entonces sé que he estado un poco insoportable. Y creo que es hora ya de ir disculpándose y realizar un ejercicio auto cognitivo y crítico.

Supuso el comienzo de las bromas pesadas, las tomaduras de pelo, las argumentaciones rocambolescas que no perseguían nada más que desconcertaros y convertiros en objeto de risa, las frases de personajes históricos memorizadas para que perdierais el respecto de otras personas presentes, la contestación que siempre trata de quedar por encima de la precedida por el otro interlocutor, y el regusto amargo que os dejaba cada vez que imponía mi manía por articular la última palabra a modo de sentencia.

Sé que han sido años difíciles. Todos habéis puesto de vuestra parte para tolerarme lo mejor que podíais (que, debemos reconocer sinceramente, no ha sido precisamente mucho) con el esfuerzo que esto conlleva. Habéis sufrido el tener que soportarme, educarme y tolerarme. Por lo cual, a todos vosotros, personajes que algún día habéis compartido mi realidad, mi anodina realidad, si lo preferís, o caótica, desordenada, incluso, os lo concedo, absurda realidad, debo daros las gracias.

Pero no temáis, pues este año de Erasmus será la salvación de mi lado humano. Os prometo que todas las fiestas del mundo, el despilfarro más desenfrenado, el hedonismo más mezquino y el nihilismo más empírico, sazonado y batido con toda clase de bebidas y drogas, inventadas y por inventar, supondrán mi salvación, y de paso la vuestra. No más veces sin levantar la taza del wáter cada vez que acuda a la llamada de la naturaleza, no más cejas depiladas en el transcurso del sueño, jamás volveré a dar uso ilegítimo a los cepillos de dientes de otras personas, no más comentarios jocosos, nunca más volveré a reírme de vosotros sin que intervengáis en la risa, y sobre todo, no jugaré más a la “última palabra”.

Este año es mi salvación. Me toca madurar por fin. No sé si eso es bueno o malo, si significará algo o tan sólo supone otro paso más en la vida, uno de esos difíciles, para los que nos resistimos a superar el síndrome de “Peter Pan”. Pero lo que sí sé es que vuestra alma (los que la tengáis) seguro que me lo agradecerá. No me deis las gracias. Haced alguna buena acción para pagármelo. ;-)

Recuerdos a todos.

*yo*

domingo, 16 de noviembre de 2008

Venecia Santa Lucía



Las paredes de Venecia trasmiten algo cuando uno pasa junto a ellas. Te miran, se ríen, y tú te preguntas: “¡Malditas! ¿Por qué os reiréis?” Pero continúas caminando. Las máscaras y los cristales en todas sus formas y colores inundan los escaparates que alumbran más que las luces de la propia ciudad.

La noche comienza a descubrirse y, poco a poco, los misterios que parece esconder la ciudad se ocultan aun más entre las sombras que proyectan sus callejones. La paz que ha reinado durante todo el día gracias a los rayos de sol colándose entre los recovecos de la isla-ciudad, como si en el cielo alguien hubiese colocado un mantel con agujeros, se desvanecen y su lugar lo ocupan las formas deformes que recuerdan a la silueta de figuras disfrazadas tras las oscuridad.

Los puentes que atraviesan los canales, guardianes de la ciudad, ya no son seguros. Sus formas no se distinguen bien, sus texturas son irreconocibles, mis ojos tampoco logran definir sus colores, así parece que la gente logra atravesar la barrera acuática caminando sobre sombras suspendidas en el aire mientras charla despreocupadamente.

Me detengo un instante frente a un escaparate. Las máscaras sin ojos en el lado donde la luz es más brillante me observan, parecen comentar entre ellas algo que no quieren que yo oiga y siento que han detenido su conversación en el instante en que las he mirado. No pretendo suscitar el diálogo de mis demonios custodios, pero tampoco disfruto mientras me miran sonrientes, como si conociesen un secreto que no quieren compartir conmigo y me incumbe.

Logro por fin alcanzar una zona más tranquilizadora. Estoy frente al canal grande. Atrás he abandonado las piedras que forman las paredes de la ciudad, la oscuridad es más clara aquí donde la luna no tiene porque ocultarse. Las máscaras han desaparecido y continuarán su conversación sin mí para interrumpirlas, y no hay ningún puente cuya existencia tenga que poner en duda. Respiro. Estoy más tranquilo.

El reflejo de la luna sobre la oscuridad del agua me distrae de mis inquietudes. Su balanceo sobre la superficie azulada me permite observar al astro inclinando la cabeza, lo cual me hace sentir extraño. No me observa, ella es indiferente a mi presencia. Tan sólo juega con el agua.

El sonido de las paredes que hay tras mis espaldas me hace recordar el mundo que me espera. Ese que me mira extraño cuando camino entre sus muros, que se esconde tras la tiniebla para, al llegar la noche, no querer reconocerme los secretos en que inundan sus paredes.

martes, 11 de noviembre de 2008

Cinetrip


La locura se desata en las masas. Hombres y mujeres, que recientemente han alcanzado ese status, abrigados por un bañador o bikini, aprovechan la fiesta organizada por uno de los muchos balnearios aquincenses que pueblan la capital. Música, piscinas de agua fría y caliente, salas de relax con sus tumbonas, incluso improvisadas discotecas, decoran un escenario diseñado para el relajo de miles de turistas que visitan Budapest todos los años con el fin de encontrar la paz que prometen sus aguas termales.

La fiesta mensual conocida como “Cinetrip”, celebrada a orillas del mítico Danubio hace las delicias de cientos de personas y se trata de uno de los eventos más destacados de la ciudad, por encima del propio Parlamento, el castillo de estilo Disney World, construido con motivo de la Expo, o la isla Margarita, el pequeño Manhattan de la capital Húngara.

Pese al mítico entorno que rodea la celebración, la realidad es que reconozco haber perdido otro pedazo de la fe que tenía en el género humano, aunque pensaba que no me quedaba ya nada, y obtengo otra prueba de la conclusión extraída de la teoría de Darwin, por la cual se deduce que descendemos del mono.

Unir a grupos de hombres y mujeres en una bacanal desenfrenada siempre suele conducir al exceso del vicio por el placer del simple vicio. Hedonistas en pleno desenfreno de sus emociones llenan las duchas de parejas, las piscinas de meadas y el suelo de vómitos y sangre a causa de los resbalones de borrachos andando sobre suelo mojado. Era Nietzsche el que defendía la teoría, no tan extendida como la de la evolución de las especies, de que la locura raramente se daba en los individuos, sino que es más común en grupos, razas y naciones.

Al margen del algarabío colectivo disfruto en la fiesta. Un evento diferente que desliza en mis recuerdos un sentimiento anodino, de surrealismo, como si recordase la fiesta pero no haber estado allí nunca.

Pese a todo mi viaje fue productivo, no sólo por apreciar uno de los extremos de la cara de la moneda que es el ser humano, y su infinita tontería, sino también por la ciudad de Budapest y sus contrastes. La capital de Hungría es un lugar extraño, como si una parte de la población hubiese abrazado el nuevo siglo hace relativamente unos meses, mientras la otra parte pelea por entrar en los años 90. Supongo que su entrada en la Unión Europea beneficiará este proceso, siempre que su Gobierno sea capaz de involucrar a toda la sociedad en el cambio que se avecina.

martes, 28 de octubre de 2008

Sísifo



El cambio de hora me hace sentir extraño al salir del edificio y comprobar que ya es de noche. El tráfico, continua incesante por las estrechas calles de la ciudad mezclando su rugido con el crepitar de la lluvia sobre el asfalto cayendo con considerada moderación. Ya ha pasado un mes, y de camino a casa repaso los planes que el definitivo asentamiento en mi nueva casa me ha permitido elaborar: Florencia, Budapest y Roma. Luego ya toca volver a mi hogar a pasar las típicas navidades. Me pregunto si este año significarán de una vez algo para mí. Quizás la distancia y el recuentro logren lo que la fe nunca fue capaz de conjugar. Desde hace 6 años no vivo una navidad realmente… Prefiero seguir caminando en vez de recordar. “Pretéritamente” nunca trajo nada.

Dejo que el agua humedezca mi rostro antes de ponerme la capucha y continuar andando. Después de pasar la tarde encerrado agradezco la lluvia. Se me antoja como un pequeño premio a mi cautiverio que no suelo abrazar como debo.

Los gatos se refugian como pueden mientras las motos aceleran para alcanzar antes su destino. Los viandantes se resguardan, reemplazan bolsos, maletas y mochilas por paraguas y cuerpos sin rostros, los bares sirven de excusa hasta que el temporal amaine a los menos precavidos. El caos que trasmite el sonido de la calle contrasta con la frialdad de la gente que la inunda pero ya no la invade. Pocas almas se cruzan en mi recorrido.

Las mejores amigas de los borrachos me proporcionan la única luz que alumbra mi camino a casa. Noto el rostro húmedo mientras mi cuerpo comienza a sudar a razón del cotidiano ascenso al que me veo predestinado diariamente. O eso o no acudir a clase. Si Sísifo pudiese leerme no me quedaría más remedio que sonrojarme.

Dudo un segundo si entrar en el supermercado o no antes de abrir el portal. “Ya lo haré luego, ahora estoy mojado” me engaño a mí mismo. Una vez en casa me cambio de ropa, ceno algo frío y que logra con más eficiencia recordarme la nostalgia de la comida casera que su legítimo objetivo de saciar mi hambre. Supongo que sólo me queda ver una película e irme a dormir.

Mañana será otro día Sísifo, mañana será.

martes, 21 de octubre de 2008

La Fiesta

El ambiente está viciado. Es normal. Conozco la sensación, ya he compartido la euforia que respiro en el aire. Son como las fiestas de los pueblos en verano solo que esta vez se trata de un pueblo grande y estamos en Otoño. Un concierto. Gente alrededor, unos bailando frente al escenario, otros bebiendo en sus alrededores, los más ancianos apartados, observando desde la distancia el espectáculo. Las parejas se sitúan cerca de ellos. No quieren compartir el algarabío general, se sienten protegidos por la suave ignorancia que se dispensa a la vejez y tras ella optan por esconderse. Cuando se quiere da lo mismo que el mundo nos vea, nuestro ego se conforma con el objeto amado y no precisa de la atención del resto del mundo. Que egoístas podemos llegar a ser en nombre de las palabras más elevadas.

Brillan las luces. El humo lo inunda todo a su paso, el ruido no permite oír nada más, la música, la bebida y las risas invaden el lugar en el cual trato de moverme con cierta dificultad. Son restos, vestigios de un ambiente decadente, viciado, anodino. Los bares salen también a la calle. Inventan ventanas correderas, puestos junto a las puertas, terrazas en donde a la mañana sólo había asfalto, todo vale esta noche.

Mi acompañante y yo nos abrimos paso a duras penas. En el camino me encuentro de todo y nada de lo que veo logra hacer florecer en mí esperanzas acerca del género humano. Comienzo a preguntarme si ellos me ven a mí del mismo modo y un escalofrío que nace a la altura de mis tobillos termina en el pecho súbitamente.

Otro empujón por el costado. Me balanceo un segundo y mi cuerpo logra tornar a la posición inicial. Sin embargo, ha sido el tiempo suficiente para perder de vista a Luis y quedarme sólo, desamparado, en este rellano de almas perdidas que se me antoja la noche.

Ahora camino un poco más despacio. Sé a dónde debo ir y sé que me esperan. De pronto llama mi atención un grupo de personas aglomeradas alrededor de una de las mesas improvisadas para la ocasión. Beben y ríen al son de la música que parece inundar toda la ciudad. Pero lo que despierta mi curiosidad es el carrito que hay junto a ellos. En él descansa un bebé de poco menos de un año. Duerme plácidamente. Ajeno a todo y a todos, tranquilo, sosegado, indiferente. ¿Cómo puede dormir entre tanto ruido y ajetreo? Un pequeño punto de luz difusa, perdida, a la que la vida terminaría ganando la carrera, pero que, con el tiempo que le quedaba, aun podía permitirse el lujo de regalar un segundo de paz a lo qué sea que llevo aquí dentro.

Lo contemplo como un oasis en el desierto mientras sigo mi camino notando tras de mí la estela de aquel pequeño trozo del mundo que sentía aun no estaba corrompido, al tiempo que me preguntaba cuanto tiempo le quedaría.

sábado, 11 de octubre de 2008

Primeros pasos

Han transcurrido ya más de dos semanas desde que partí de casa. A veces afloran pequeños recuerdos. Ciertas nostalgias. Te preguntas donde estará alguien a esa hora determinada del día, qué irá a hacer, como estarán pasando la jornada tus antiguos compañeros de trabajo…la distancia convierte lo que antes era cotidiano en una asombrosa aventura para la imaginación. Aunque probablemente, las personas que echas de menos hagan lo mismo que solían hacer cuando tú compartías sus vidas. No obstante, mi padre siempre me despide al teléfono con su típico “hasta luego”.

Logramos suplir la carencia de un rooter inalámbrico y su consecuente conexión a la red gracias a la inestimable ayuda de algún vecino despistado que no tiene protegido su acceso a Internet. Si no fuese por la indolente colaboración de la ingenuidad humana cuantas cosas no serían posibles en esta vida, empezando por este blog.

Han comenzado ya las clases, bueno, quizás fuese más acertado decir que he empezado a ir, ellas ya habían iniciado su andadura sin mi hace ya unos cuantos días, tal vez demasiados. Debo reconocer que el superávit de españoles en este pueblo ha hecho que apenas tenga contacto con el idioma extranjero que tenía intención de aprender…supongo que lo habré compensado con los litros de alcohol que a estas alturas aun corren por mi cuerpo, el caso es que no me enteré de mucho durante mi primera jornada escolar, pero observe amigos potenciales. Cuestión de meses.

Lo genial de la beca Erasmus, además de la idiosincrasia que sufres cada vez que necesitas rellenar un papel, o certificarlo con un sello, es el imaginario que todos crean actuando febrilmente y que genera en uno la sensación de qué cualquier cosa “puede esperar”. El “vuelva usted mañana” español se impone allí donde va, estrechamente ligado siempre a la palabra “siesta”. No entiendo como la cultura norteamericana ha logrado imponerse al nivel que lo ha hecho, la nuestra es mucho más atractiva, y este año, por si fuera poco, ganamos la Eurocopa.

Continúo con mis pesquisas a la lumbre de algo más que un cigarro, obtenido legítimamente jugando al fútbol con unos amigos italianos que me han presentado. Practicar este deporte con italianos ha sido uno de los hechos que me ha hecho ver el hecho, (valga la redundancia) siempre discutido, del fútbol en este país para el resto de Europa. Y es que un italiano no tiene interés en jugar a fútbol, sólo le interesa el gol y la defensa. Sacrifican el arte intrínseco en el mismo deporte por la gloria que subyace tras el partido. Tal vez este siendo un desagradecido, a fin de cuentas esta noche fumo a su costa.