martes, 11 de noviembre de 2008

Cinetrip


La locura se desata en las masas. Hombres y mujeres, que recientemente han alcanzado ese status, abrigados por un bañador o bikini, aprovechan la fiesta organizada por uno de los muchos balnearios aquincenses que pueblan la capital. Música, piscinas de agua fría y caliente, salas de relax con sus tumbonas, incluso improvisadas discotecas, decoran un escenario diseñado para el relajo de miles de turistas que visitan Budapest todos los años con el fin de encontrar la paz que prometen sus aguas termales.

La fiesta mensual conocida como “Cinetrip”, celebrada a orillas del mítico Danubio hace las delicias de cientos de personas y se trata de uno de los eventos más destacados de la ciudad, por encima del propio Parlamento, el castillo de estilo Disney World, construido con motivo de la Expo, o la isla Margarita, el pequeño Manhattan de la capital Húngara.

Pese al mítico entorno que rodea la celebración, la realidad es que reconozco haber perdido otro pedazo de la fe que tenía en el género humano, aunque pensaba que no me quedaba ya nada, y obtengo otra prueba de la conclusión extraída de la teoría de Darwin, por la cual se deduce que descendemos del mono.

Unir a grupos de hombres y mujeres en una bacanal desenfrenada siempre suele conducir al exceso del vicio por el placer del simple vicio. Hedonistas en pleno desenfreno de sus emociones llenan las duchas de parejas, las piscinas de meadas y el suelo de vómitos y sangre a causa de los resbalones de borrachos andando sobre suelo mojado. Era Nietzsche el que defendía la teoría, no tan extendida como la de la evolución de las especies, de que la locura raramente se daba en los individuos, sino que es más común en grupos, razas y naciones.

Al margen del algarabío colectivo disfruto en la fiesta. Un evento diferente que desliza en mis recuerdos un sentimiento anodino, de surrealismo, como si recordase la fiesta pero no haber estado allí nunca.

Pese a todo mi viaje fue productivo, no sólo por apreciar uno de los extremos de la cara de la moneda que es el ser humano, y su infinita tontería, sino también por la ciudad de Budapest y sus contrastes. La capital de Hungría es un lugar extraño, como si una parte de la población hubiese abrazado el nuevo siglo hace relativamente unos meses, mientras la otra parte pelea por entrar en los años 90. Supongo que su entrada en la Unión Europea beneficiará este proceso, siempre que su Gobierno sea capaz de involucrar a toda la sociedad en el cambio que se avecina.

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