
Las paredes de Venecia trasmiten algo cuando uno pasa junto a ellas. Te miran, se ríen, y tú te preguntas: “¡Malditas! ¿Por qué os reiréis?” Pero continúas caminando. Las máscaras y los cristales en todas sus formas y colores inundan los escaparates que alumbran más que las luces de la propia ciudad.
La noche comienza a descubrirse y, poco a poco, los misterios que parece esconder la ciudad se ocultan aun más entre las sombras que proyectan sus callejones. La paz que ha reinado durante todo el día gracias a los rayos de sol colándose entre los recovecos de la isla-ciudad, como si en el cielo alguien hubiese colocado un mantel con agujeros, se desvanecen y su lugar lo ocupan las formas deformes que recuerdan a la silueta de figuras disfrazadas tras las oscuridad.
Los puentes que atraviesan los canales, guardianes de la ciudad, ya no son seguros. Sus formas no se distinguen bien, sus texturas son irreconocibles, mis ojos tampoco logran definir sus colores, así parece que la gente logra atravesar la barrera acuática caminando sobre sombras suspendidas en el aire mientras charla despreocupadamente.
Me detengo un instante frente a un escaparate. Las máscaras sin ojos en el lado donde la luz es más brillante me observan, parecen comentar entre ellas algo que no quieren que yo oiga y siento que han detenido su conversación en el instante en que las he mirado. No pretendo suscitar el diálogo de mis demonios custodios, pero tampoco disfruto mientras me miran sonrientes, como si conociesen un secreto que no quieren compartir conmigo y me incumbe.
Logro por fin alcanzar una zona más tranquilizadora. Estoy frente al canal grande. Atrás he abandonado las piedras que forman las paredes de la ciudad, la oscuridad es más clara aquí donde la luna no tiene porque ocultarse. Las máscaras han desaparecido y continuarán su conversación sin mí para interrumpirlas, y no hay ningún puente cuya existencia tenga que poner en duda. Respiro. Estoy más tranquilo.
El reflejo de la luna sobre la oscuridad del agua me distrae de mis inquietudes. Su balanceo sobre la superficie azulada me permite observar al astro inclinando la cabeza, lo cual me hace sentir extraño. No me observa, ella es indiferente a mi presencia. Tan sólo juega con el agua.
El sonido de las paredes que hay tras mis espaldas me hace recordar el mundo que me espera. Ese que me mira extraño cuando camino entre sus muros, que se esconde tras la tiniebla para, al llegar la noche, no querer reconocerme los secretos en que inundan sus paredes.

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