El ambiente está viciado. Es normal. Conozco la sensación, ya he compartido la euforia que respiro en el aire. Son como las fiestas de los pueblos en verano solo que esta vez se trata de un pueblo grande y estamos en Otoño. Un concierto. Gente alrededor, unos bailando frente al escenario, otros bebiendo en sus alrededores, los más ancianos apartados, observando desde la distancia el espectáculo. Las parejas se sitúan cerca de ellos. No quieren compartir el algarabío general, se sienten protegidos por la suave ignorancia que se dispensa a la vejez y tras ella optan por esconderse. Cuando se quiere da lo mismo que el mundo nos vea, nuestro ego se conforma con el objeto amado y no precisa de la atención del resto del mundo. Que egoístas podemos llegar a ser en nombre de las palabras más elevadas.
Brillan las luces. El humo lo inunda todo a su paso, el ruido no permite oír nada más, la música, la bebida y las risas invaden el lugar en el cual trato de moverme con cierta dificultad. Son restos, vestigios de un ambiente decadente, viciado, anodino. Los bares salen también a la calle. Inventan ventanas correderas, puestos junto a las puertas, terrazas en donde a la mañana sólo había asfalto, todo vale esta noche.
Mi acompañante y yo nos abrimos paso a duras penas. En el camino me encuentro de todo y nada de lo que veo logra hacer florecer en mí esperanzas acerca del género humano. Comienzo a preguntarme si ellos me ven a mí del mismo modo y un escalofrío que nace a la altura de mis tobillos termina en el pecho súbitamente.
Otro empujón por el costado. Me balanceo un segundo y mi cuerpo logra tornar a la posición inicial. Sin embargo, ha sido el tiempo suficiente para perder de vista a Luis y quedarme sólo, desamparado, en este rellano de almas perdidas que se me antoja la noche.
Ahora camino un poco más despacio. Sé a dónde debo ir y sé que me esperan. De pronto llama mi atención un grupo de personas aglomeradas alrededor de una de las mesas improvisadas para la ocasión. Beben y ríen al son de la música que parece inundar toda la ciudad. Pero lo que despierta mi curiosidad es el carrito que hay junto a ellos. En él descansa un bebé de poco menos de un año. Duerme plácidamente. Ajeno a todo y a todos, tranquilo, sosegado, indiferente. ¿Cómo puede dormir entre tanto ruido y ajetreo? Un pequeño punto de luz difusa, perdida, a la que la vida terminaría ganando la carrera, pero que, con el tiempo que le quedaba, aun podía permitirse el lujo de regalar un segundo de paz a lo qué sea que llevo aquí dentro.
Lo contemplo como un oasis en el desierto mientras sigo mi camino notando tras de mí la estela de aquel pequeño trozo del mundo que sentía aun no estaba corrompido, al tiempo que me preguntaba cuanto tiempo le quedaría.

1 comentario:
Veo que tus progresos con la cultura italiana van in crescendo, aunque deberías barajar la posibilidad de ir a clase alguna vez. Quizá lo hagas, pero no hay más que crónicas de fiestas, ruido y humo. Aún no me preocupo. Lo de ese niño... horas le quedan para entrar en la algarabía y si no al tiempo. En la fiesta de primavera ya bailará con una Nastro Azzurro en la mano. Muy agradecido por agregar mi blog al suyo. Todo un detalle, león.
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