martes, 13 de enero de 2009

"A quien madruga..."


Hoy algo parecía sonreír desde el cielo la costera ciudad de Trieste. El día ha amanecido espléndido, contradiciendo la tónica general repetida desde mi vuelta, propensa a cielos nubosos sin lluvia o a la fría Bora cuyos rastros de la noche aun coletean a la mañana y el mediodía convirtiendo en Odisea cualquier viaje que suponga atravesar las cómodas y cálidas fronteras de casa. Quizás, más impresionable aun que el giro climatológico del día, suponga que haya madrugado sin pesar sobre mi espalda la obligación de ir a clase.

Mi primer vistazo a través de la ventana me ha conducido de la cocina a la ducha, y de allí a la calle. Aunque no teníamos muy claro para qué, sabíamos que un imperativo recaía sobre nuestras conciencias y, una vez levantados y ociosos, no resultaba lógico obcecarse obviándolo.

Pese al sol que lucía con optimismo donde hacía poco sólo habitaban estrellas, la ciudad se encontraba ligeramente fría gracias a la sombra que proyectan sus edificios, por lo que decidimos caminar junto al mar, en donde las barreras humanas nunca gozaron de mucha solvencia y los rayos de sol calientan los pasos de los viandantes en días cómo hoy. Sin darnos cuenta nos encontrábamos en el canal grande de Trieste, en cuyos laterales nos decidimos a compartir terraza con los jubilados que leían el periódico mientras se echaban miradas con cierta inquisición, de mesa a mesa, los unos a los otros, al percatarse de que nuestro lenguaje era diferente al suyo.

Seguimos caminando y Alberto me propone entrar en una Iglesia Ortodoxa. Cómo sé que le gustan las iglesias tanto como al resto de los hombres las mujeres, no me resisto y acepto saciar su vena fetichista acompañándole, a fin de cuentas, y al margen de mi escepticismo religioso, a mí también me gusta el arte que albergan los sacros edificios.

La vuelta a casa también la realizamos junto al mar, pero aun encontramos tiempo para una última parada en el ligero saliente hacia lo desconocido, que antiguamente debió ser una pista de aterrizaje, me hace saber mi acompañante. Observo el empedrado del asfalto y sonrío al recordar mi paranoia a volar; “Debo ser más cobarde de lo que creía”. Nos sentamos a fumar un cigarro con los pies a ras del agua mientras observamos un horizonte que permanece indiferente a nuestra conversación.

Hoy hace un bonito día en Trieste y me alegro de haberlo acompañado con uno de esos momentos en los que sales a la calle, sin saber a ciencia cierta qué vas a hacer, y vuelves a casa sintiendo que te encuentras, desconociendo cómo o por qué, un poco más cerca de ti mismo.

domingo, 4 de enero de 2009

El Retorno del Erasmus


Dos semanas de vuelta en casa dan para mucho, pero se acerca el momento de volver a la casilla de salida, dejar atrás los sentimentalismos desencadenados durante las fiestas navideñas y volver al lugar correspondiente: El Erasmus debe continuar, quien soy yo para oponerme al designio del destino.

Ya se ha cumplido un tercio del periodo que me corresponde por derecho internacional, y demás tratados pertinentes, y una vez asentado, es el turno de poner en práctica lo aprendido hasta el momento. Descubrir si el parón navideño me ha sentado tan bien cómo al Real Madrid, poner a prueba las bondades del lenguaje en el que me tendré que examinar, la aun mayor bondadosa predisposición de mis examinadores (tengo depositadas ciegas, vanas e ilegitimas esperanzas en este punto concreto), felicitar el año y las navidades, preguntarles que tal su vuelta al hogar, a personas que conozco desde hace tres meses y con las que me veo “obligado” (entiéndase que diferencio grados de obligación) a malvivir en una batalla diaria por las últimas gotas de agua caliente de una ducha que se cae a pedazos.

Me reconforta pensar que, al menos, he aprendido de mi experiencia y, citando a mi madre: “De los arrepentidos nacen los escarmentados”, he aprovechado la ocasión para llevarme un mando para el ordenador y el Pro. Así no siembro dudas acerca de mi precaución.

No obstante, la vuelta a casa ha tenido beneficios mayores aun que el de suministrarme ideas y material con el fin de evitar la conversación con mis coinquilinos y sus invitados. La paz y tranquilidad que recorre el alma de cualquier hijo al comprobar que su madre persiste en sus manías y formas no es equiparable al ligero, aunque gratificante, hecho de sentirse un poco más a salvo en cuestiones de comodidad doméstica. También reconforta esa rutina adquirida con años de práctica que, al encontrarte indispuesto, te predispone siempre a ser capaz de volver a casa porque no corres el riesgo de olvidar donde vives, o diferenciar en qué lugares puedes parar a “tomar aliento” y en cuales otros no.

Nada cómo volver a casa y encontrarse con aquellos viejos fantasmas del pasado que siempre olvidas cuando viajas (de ahí que las aerolíneas llevasen años cosechando beneficios: “A más distancia, menos recuerdos” debiera ser el eslogan. Los aviones deben ser entonces lanzaderas de huida). O las manías y fobias de los amigos que te hacen sonreír los primeros días y desear estar subido ya en el avión cuando tu estancia se encuentra tocando a su fin. Bonitos recuerdos que van surgiendo uno a uno como se pasan las páginas de un libro cuyo final ya conocemos y no siempre tiene por qué gustarnos.

Hogar, dulce hogar, te voy a echar de menos, pero estos seis meses que aguardan como el niño la noche de reyes, brindan en tu nombre. ¡Salud!

domingo, 28 de diciembre de 2008

El individuo


Todo sucedió en el verano de 2004, en la ciudad de Berlín, concretamente, en el Estadio Olímpico de la capital alemana. Corría el minuto 110 de partido, debido a la prórroga, y suponía el último encuentro de quien todo el mundo consideraba que entraría a formar parte de la “lista de elegidos por el destino” para pasar a ser uno de los mejores de la historia: Aquella tarde Zidane luchaba por la Copa del Mundo al mismo tiempo que lo hacía por su inmortalidad. El rival era Italia.

Pero el destino quiso torcerse; Debió torcerse, era inevitable. Zidane no sólo propinaba un cabezazo a Materazzi, también, y sin habérselo propuesto, renegaba de la inmortalidad que el mundo quería darle. Miraba fijamente a los ojos de los millones de espectadores que habían detenido sus vidas para ver un partido de fútbol, y hacía girar sus perspectivas haciéndoles presenciar una autoafirmación individual, ante la cual nadie, ni nada podían elegir; Sólo un hombre tenía reservado ese derecho, y optó por su humanidad ante el asombro de todos los que secretamente soñaron algún día con ser él.

Zidane no sólo eligió ser el individuo en tiempos de la masa, sino que optó por el individuo que era, no por el que el mundo esperaba que fuese. Se dejó llevar por su lado más humano, demostrando que no importaba lo buen futbolista que fuese, ni los millones que atesorase, tampoco transcendía el momento o la fama, ni la reputación, tan sólo su humanidad, con todos sus defectos, sus miedos o esperanzas, con los sueños de un ser humano elevado a la categoría de los ángeles con todo el potencial de siglos y siglos de perfeccionamiento. Zidane demostró que daba igual lo que el mundo fuese capaz de evolucionar, el ser humano seguía siendo demasiado impredecible, enigmático, implacable y abstracto para el propio ser humano.

El mundo creía tener atado a Zidane de pies y manos, debía ser lo que el subconsciente de todos quería que fuese. La rebelión tomó forma de cabezazo, fue la acción más humana, más extrañamente particular que podía escoger un ente liberado para abofetear el rostro del mundo.

“Así soy yo. Puedo permitirme el lujo de lanzar un penalti a lo Panenca en la final de una Copa del Mundo del mismo modo que puedo propinar un cabezazo a un italiano en el mismo partido, pese a lo que significa para vosotros y para mí. Así soy, y así debéis aceptarme, no como vosotros pretendéis que sea.”

Un natural de estas tierras, con cara de pocos amigos, muerto más de cien años atrás, fue la única alma que ante el silencio ensordecedor que inundaba el Estadio Olímpico de Berlín en aquel momento de la extraña historia del hombre, fue consciente de lo que debía hacer. Por ese mismo motivo, se levantó de su asiento, y ante la mirada atónita de 69.000 personas, aplaudió con todas sus fuerzas la acción que sus ojos acababan de vislumbrar. "Una virtud es una invención propia", parecían decir sus malévolos ojos.

Cuando terminó de ensalzar en la medida en que lo creía oportuno la materialización de sus teorías filosóficas, tomó asiento, pero no sin antes prorrumpir un murmullo en una voz difusa, mezclada con los gritos que habían vuelto a animar el partido. Los que aquella tarde se encontraban próximos a él juran haberle oído decir: “Que viva el súper-hombre”.

miércoles, 10 de diciembre de 2008

Vuelva a casa por Navidad


Se acerca ese momento del año tan tierno, poblado de luces porque la noche llega antes y necesitamos combatir la oscuridad con los colores más alegres y cursis posibles, en los países desarrollados especialmente. La Navidad esta próxima. Las ciudades ya lo han preparado todo para que al pasear por sus vías, los transeúntes se inunden hasta el fondo de sus huesos de eso que llamamos espíritu navideño y que no sabemos exactamente para que sirve, aunque intuyamos como se esconde, tras el velo de la ternura, la simpatía y el amor incondicional por una familia que tenemos que soportar el resto del año a regañadientes, o por extraños, la mano maquiavélica del Corte Inglés y sus conspiradores. Pero nos da igual; A fin de cuentas, nos gusta consumir.

La crisis va a provocar que la dosis de felicidad que se respire esta navidad sea menor que la de años pasados; Ya se sabe, cuando la pobreza entra por la puerta, el amor salta por la ventana. Quizás este sea un dicho absurdo, especialmente para los pocos románticos que nos escodemos tras la máscara del escepticismo y la indiferencia para no ser heridos de muerte en cada esquina, pero a fin de cuentas, por algún motivo habrá pasado a formar parte de la sabiduría popular. La misma que tendrá que ingeniárselas para lidiar con la deuda Americana en estas fechas que obligan moralmente al consumo desenfrenado, al hedonismo más burdo, a los abrazos fingidos, deseados, añorados o temidos, y a los apretones de manos seguidos de frases que normalmente no sentimos.

Hubo un tiempo de mi vida en que renegué de toda la parafernalia que rodea estas fiestas como si se tratase de la peste, me molestaba la hipocresía, la afluencia de mendigos a las calles haciendo su agosto a costa de una sociedad que, pese a la banalización del evento, siente un poco más profundamente su propio espíritu religioso y se ve poseída por una bondad producto de la imagen residual cristiana que habita en sus subconscientes. O los mensajes y felicitaciones, que se obvian el resto del año, como si alguien hubiese dado el pistoletazo de salida a la competición de “quien reparte más cariño desinteresado por el mundo” elevándolo a categoría de Olimpiada. Recuerdo que todo esto solía hacerme perder la paciencia con bastante facilidad.

Hoy francamente me es indiferente. Supongo que los años, el ver reflejada la ilusión en los ojos de los más pequeños, la aceptación del cliché “la vida es así”, los recuerdos del vaho escapándose por la boca, las castañas, o el caminar abrigado por el frío por calles inhóspitas cuando el resto de la ciudad se encuentra abarrotado de transeúntes que caminan como un rebaño, compensa mis ideas adolescentes sobre la Navidad. La misma distancia que me separa de los que siempre me fueron cercanos, logran hacerme cambiar de prisma y apreciar que las cosas no siempre son blancas o negras, y que casi todos los elementos de este mundo son una opción para el individuo que sabe aprovecharlas o una maldición para los que no son capaces y se esconden en las tiendas cuando su propia debilidad los apabulla.

jueves, 4 de diciembre de 2008

Momentos Tristes


Recuerdo el 11-M estando en Inglaterra, y el doble pánico que sentí cuando no se conocía aun la autoría de aquel desalmado ataque, retazos de lágrimas, consuelos y una profunda pena que se materializaba en uno de los silencios más desoladores que he tenido que escuchar en mi vida. Pocas noticias son tan mal acogidas por un vasco en el extranjero cómo la de un nuevo asesinato a manos de ETA. “Otra vez” piensas, y te das cuenta al instante de que, eso que te parece una vieja y mala costumbre, algo recurrente para los periódicos y telediarios, es en realidad un verdadero calvario para personas que no conoces. Es lo mismo que suceda en Bilbao o sus proximidades, o en algún pueblo perdido de Extremadura, la conclusión es tan simple cómo devastadora: Ha muerto otra persona, y no logro, por mucho que mi intelecto lo intenta, discernir por qué exactamente. La distancia con la realidad que vivías a diario convierte estas noticias en algo todavía más absurdo, más inexplicable.

¿Qué puede ser tan importante que valga la vida de un desconocido? ¿No existen ya suficientes desgracias, atrocidades, injusticias en el mundo, para que encima unos desalmados contribuyan a engrosar esa torre de Babel por motivos burdos, racionalizaciones vacuas e imperativos hipócritas?

Un ligero sentimiento de impotencia, incluso de culpabilidad por compartir la tierra con esa gente que dice hablar en mi nombre, se instaura y no logro desprenderme de su olor. La vida sigue. Mañana, estando a 1.000 kilómetros de mi tierra, volveré a acudir a la universidad. Tomaré un café en el descanso. Intentaré enterarme de qué es lo que dice el profesor, y volveré a casa pensando que cocinarme para cenar.

¿Y qué más puedo hacer me digo? ¿Qué podría no hacerme sentir tan impotente? ¿Ser cómo el resto y apoyar a un partido político cómo se defienden los colores de mi equipo de fútbol? ¿Alguna organización o grupo? De pronto, llana y claramente, sin metáforas, sinónimos o edulcorantes semánticos, descubro que la impotencia se ha mezclado con la culpa. Y que el resultado, por muchos titulares que lea, declaraciones y testimonios que escuche en la radio, datos sobre la investigación que se descubran, relatos humanos y sentimentales que devore, los medios de comunicación tienen un límite, y lo único que queda detrás de toda esa mierda que tragamos, que leemos sentados en nuestros sofás, o en el taburete del bar tomando un café, es que alguien ha perdido a una persona que quería. Trato de comprender, ahora que la verdad es simple, llana, ahora que me doy cuenta de que el error es elevar la política y la pérdida de un ser querido a la misma categoría, al mismo nivel, y relacionarlos en una noticia, de qué no hay porque luchar sino por las personas que queremos.

Maldita mierda que nos conduce, en estos tiempos de la globalización, de la economía, cuando la tecnología hace más cortas que nunca las distancias físicas, después de tantos siglos de historia colectiva, de errores, de memeces llevadas a cabo en nombre de ideales que, el tiempo ha demostrado, estaban vacios, a que algunos sigan siendo incapaces de aprovechar el poco tiempo que se nos ha concedido, en aprender de la vida, disfrutar, vivir, dejar vivir, querer o respetar. Puede parecer dogmático, puede incluso sonar cursi. Pero es un hecho; Nosotros elegimos que hacer durante nuestra estancia entre los vivos, pero algún cabo debemos haber dejado suelto para que algunos se afanen en engrosar la lista de los que ya no estarán nunca más con nosotros creyendo en la legitimidad y la nobleza de su asquerosa, sucia, desalmada, incoherente, insidiosa y atroz masacre. Es hora de seguir hacia delante, es más, hace tiempo ya.