
Hoy algo parecía sonreír desde el cielo la costera ciudad de Trieste. El día ha amanecido espléndido, contradiciendo la tónica general repetida desde mi vuelta, propensa a cielos nubosos sin lluvia o a la fría Bora cuyos rastros de la noche aun coletean a la mañana y el mediodía convirtiendo en Odisea cualquier viaje que suponga atravesar las cómodas y cálidas fronteras de casa. Quizás, más impresionable aun que el giro climatológico del día, suponga que haya madrugado sin pesar sobre mi espalda la obligación de ir a clase.
Mi primer vistazo a través de la ventana me ha conducido de la cocina a la ducha, y de allí a la calle. Aunque no teníamos muy claro para qué, sabíamos que un imperativo recaía sobre nuestras conciencias y, una vez levantados y ociosos, no resultaba lógico obcecarse obviándolo.
Pese al sol que lucía con optimismo donde hacía poco sólo habitaban estrellas, la ciudad se encontraba ligeramente fría gracias a la sombra que proyectan sus edificios, por lo que decidimos caminar junto al mar, en donde las barreras humanas nunca gozaron de mucha solvencia y los rayos de sol calientan los pasos de los viandantes en días cómo hoy. Sin darnos cuenta nos encontrábamos en el canal grande de Trieste, en cuyos laterales nos decidimos a compartir terraza con los jubilados que leían el periódico mientras se echaban miradas con cierta inquisición, de mesa a mesa, los unos a los otros, al percatarse de que nuestro lenguaje era diferente al suyo.
Seguimos caminando y Alberto me propone entrar en una Iglesia Ortodoxa. Cómo sé que le gustan las iglesias tanto como al resto de los hombres las mujeres, no me resisto y acepto saciar su vena fetichista acompañándole, a fin de cuentas, y al margen de mi escepticismo religioso, a mí también me gusta el arte que albergan los sacros edificios.
La vuelta a casa también la realizamos junto al mar, pero aun encontramos tiempo para una última parada en el ligero saliente hacia lo desconocido, que antiguamente debió ser una pista de aterrizaje, me hace saber mi acompañante. Observo el empedrado del asfalto y sonrío al recordar mi paranoia a volar; “Debo ser más cobarde de lo que creía”. Nos sentamos a fumar un cigarro con los pies a ras del agua mientras observamos un horizonte que permanece indiferente a nuestra conversación.
Hoy hace un bonito día en Trieste y me alegro de haberlo acompañado con uno de esos momentos en los que sales a la calle, sin saber a ciencia cierta qué vas a hacer, y vuelves a casa sintiendo que te encuentras, desconociendo cómo o por qué, un poco más cerca de ti mismo.

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