miércoles, 10 de diciembre de 2008

Vuelva a casa por Navidad


Se acerca ese momento del año tan tierno, poblado de luces porque la noche llega antes y necesitamos combatir la oscuridad con los colores más alegres y cursis posibles, en los países desarrollados especialmente. La Navidad esta próxima. Las ciudades ya lo han preparado todo para que al pasear por sus vías, los transeúntes se inunden hasta el fondo de sus huesos de eso que llamamos espíritu navideño y que no sabemos exactamente para que sirve, aunque intuyamos como se esconde, tras el velo de la ternura, la simpatía y el amor incondicional por una familia que tenemos que soportar el resto del año a regañadientes, o por extraños, la mano maquiavélica del Corte Inglés y sus conspiradores. Pero nos da igual; A fin de cuentas, nos gusta consumir.

La crisis va a provocar que la dosis de felicidad que se respire esta navidad sea menor que la de años pasados; Ya se sabe, cuando la pobreza entra por la puerta, el amor salta por la ventana. Quizás este sea un dicho absurdo, especialmente para los pocos románticos que nos escodemos tras la máscara del escepticismo y la indiferencia para no ser heridos de muerte en cada esquina, pero a fin de cuentas, por algún motivo habrá pasado a formar parte de la sabiduría popular. La misma que tendrá que ingeniárselas para lidiar con la deuda Americana en estas fechas que obligan moralmente al consumo desenfrenado, al hedonismo más burdo, a los abrazos fingidos, deseados, añorados o temidos, y a los apretones de manos seguidos de frases que normalmente no sentimos.

Hubo un tiempo de mi vida en que renegué de toda la parafernalia que rodea estas fiestas como si se tratase de la peste, me molestaba la hipocresía, la afluencia de mendigos a las calles haciendo su agosto a costa de una sociedad que, pese a la banalización del evento, siente un poco más profundamente su propio espíritu religioso y se ve poseída por una bondad producto de la imagen residual cristiana que habita en sus subconscientes. O los mensajes y felicitaciones, que se obvian el resto del año, como si alguien hubiese dado el pistoletazo de salida a la competición de “quien reparte más cariño desinteresado por el mundo” elevándolo a categoría de Olimpiada. Recuerdo que todo esto solía hacerme perder la paciencia con bastante facilidad.

Hoy francamente me es indiferente. Supongo que los años, el ver reflejada la ilusión en los ojos de los más pequeños, la aceptación del cliché “la vida es así”, los recuerdos del vaho escapándose por la boca, las castañas, o el caminar abrigado por el frío por calles inhóspitas cuando el resto de la ciudad se encuentra abarrotado de transeúntes que caminan como un rebaño, compensa mis ideas adolescentes sobre la Navidad. La misma distancia que me separa de los que siempre me fueron cercanos, logran hacerme cambiar de prisma y apreciar que las cosas no siempre son blancas o negras, y que casi todos los elementos de este mundo son una opción para el individuo que sabe aprovecharlas o una maldición para los que no son capaces y se esconden en las tiendas cuando su propia debilidad los apabulla.

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