
Dos semanas de vuelta en casa dan para mucho, pero se acerca el momento de volver a la casilla de salida, dejar atrás los sentimentalismos desencadenados durante las fiestas navideñas y volver al lugar correspondiente: El Erasmus debe continuar, quien soy yo para oponerme al designio del destino.
Ya se ha cumplido un tercio del periodo que me corresponde por derecho internacional, y demás tratados pertinentes, y una vez asentado, es el turno de poner en práctica lo aprendido hasta el momento. Descubrir si el parón navideño me ha sentado tan bien cómo al Real Madrid, poner a prueba las bondades del lenguaje en el que me tendré que examinar, la aun mayor bondadosa predisposición de mis examinadores (tengo depositadas ciegas, vanas e ilegitimas esperanzas en este punto concreto), felicitar el año y las navidades, preguntarles que tal su vuelta al hogar, a personas que conozco desde hace tres meses y con las que me veo “obligado” (entiéndase que diferencio grados de obligación) a malvivir en una batalla diaria por las últimas gotas de agua caliente de una ducha que se cae a pedazos.
Me reconforta pensar que, al menos, he aprendido de mi experiencia y, citando a mi madre: “De los arrepentidos nacen los escarmentados”, he aprovechado la ocasión para llevarme un mando para el ordenador y el Pro. Así no siembro dudas acerca de mi precaución.
No obstante, la vuelta a casa ha tenido beneficios mayores aun que el de suministrarme ideas y material con el fin de evitar la conversación con mis coinquilinos y sus invitados. La paz y tranquilidad que recorre el alma de cualquier hijo al comprobar que su madre persiste en sus manías y formas no es equiparable al ligero, aunque gratificante, hecho de sentirse un poco más a salvo en cuestiones de comodidad doméstica. También reconforta esa rutina adquirida con años de práctica que, al encontrarte indispuesto, te predispone siempre a ser capaz de volver a casa porque no corres el riesgo de olvidar donde vives, o diferenciar en qué lugares puedes parar a “tomar aliento” y en cuales otros no.
Nada cómo volver a casa y encontrarse con aquellos viejos fantasmas del pasado que siempre olvidas cuando viajas (de ahí que las aerolíneas llevasen años cosechando beneficios: “A más distancia, menos recuerdos” debiera ser el eslogan. Los aviones deben ser entonces lanzaderas de huida). O las manías y fobias de los amigos que te hacen sonreír los primeros días y desear estar subido ya en el avión cuando tu estancia se encuentra tocando a su fin. Bonitos recuerdos que van surgiendo uno a uno como se pasan las páginas de un libro cuyo final ya conocemos y no siempre tiene por qué gustarnos.
Hogar, dulce hogar, te voy a echar de menos, pero estos seis meses que aguardan como el niño la noche de reyes, brindan en tu nombre. ¡Salud!

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