jueves, 4 de diciembre de 2008

Momentos Tristes


Recuerdo el 11-M estando en Inglaterra, y el doble pánico que sentí cuando no se conocía aun la autoría de aquel desalmado ataque, retazos de lágrimas, consuelos y una profunda pena que se materializaba en uno de los silencios más desoladores que he tenido que escuchar en mi vida. Pocas noticias son tan mal acogidas por un vasco en el extranjero cómo la de un nuevo asesinato a manos de ETA. “Otra vez” piensas, y te das cuenta al instante de que, eso que te parece una vieja y mala costumbre, algo recurrente para los periódicos y telediarios, es en realidad un verdadero calvario para personas que no conoces. Es lo mismo que suceda en Bilbao o sus proximidades, o en algún pueblo perdido de Extremadura, la conclusión es tan simple cómo devastadora: Ha muerto otra persona, y no logro, por mucho que mi intelecto lo intenta, discernir por qué exactamente. La distancia con la realidad que vivías a diario convierte estas noticias en algo todavía más absurdo, más inexplicable.

¿Qué puede ser tan importante que valga la vida de un desconocido? ¿No existen ya suficientes desgracias, atrocidades, injusticias en el mundo, para que encima unos desalmados contribuyan a engrosar esa torre de Babel por motivos burdos, racionalizaciones vacuas e imperativos hipócritas?

Un ligero sentimiento de impotencia, incluso de culpabilidad por compartir la tierra con esa gente que dice hablar en mi nombre, se instaura y no logro desprenderme de su olor. La vida sigue. Mañana, estando a 1.000 kilómetros de mi tierra, volveré a acudir a la universidad. Tomaré un café en el descanso. Intentaré enterarme de qué es lo que dice el profesor, y volveré a casa pensando que cocinarme para cenar.

¿Y qué más puedo hacer me digo? ¿Qué podría no hacerme sentir tan impotente? ¿Ser cómo el resto y apoyar a un partido político cómo se defienden los colores de mi equipo de fútbol? ¿Alguna organización o grupo? De pronto, llana y claramente, sin metáforas, sinónimos o edulcorantes semánticos, descubro que la impotencia se ha mezclado con la culpa. Y que el resultado, por muchos titulares que lea, declaraciones y testimonios que escuche en la radio, datos sobre la investigación que se descubran, relatos humanos y sentimentales que devore, los medios de comunicación tienen un límite, y lo único que queda detrás de toda esa mierda que tragamos, que leemos sentados en nuestros sofás, o en el taburete del bar tomando un café, es que alguien ha perdido a una persona que quería. Trato de comprender, ahora que la verdad es simple, llana, ahora que me doy cuenta de que el error es elevar la política y la pérdida de un ser querido a la misma categoría, al mismo nivel, y relacionarlos en una noticia, de qué no hay porque luchar sino por las personas que queremos.

Maldita mierda que nos conduce, en estos tiempos de la globalización, de la economía, cuando la tecnología hace más cortas que nunca las distancias físicas, después de tantos siglos de historia colectiva, de errores, de memeces llevadas a cabo en nombre de ideales que, el tiempo ha demostrado, estaban vacios, a que algunos sigan siendo incapaces de aprovechar el poco tiempo que se nos ha concedido, en aprender de la vida, disfrutar, vivir, dejar vivir, querer o respetar. Puede parecer dogmático, puede incluso sonar cursi. Pero es un hecho; Nosotros elegimos que hacer durante nuestra estancia entre los vivos, pero algún cabo debemos haber dejado suelto para que algunos se afanen en engrosar la lista de los que ya no estarán nunca más con nosotros creyendo en la legitimidad y la nobleza de su asquerosa, sucia, desalmada, incoherente, insidiosa y atroz masacre. Es hora de seguir hacia delante, es más, hace tiempo ya.

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