
El cambio de hora me hace sentir extraño al salir del edificio y comprobar que ya es de noche. El tráfico, continua incesante por las estrechas calles de la ciudad mezclando su rugido con el crepitar de la lluvia sobre el asfalto cayendo con considerada moderación. Ya ha pasado un mes, y de camino a casa repaso los planes que el definitivo asentamiento en mi nueva casa me ha permitido elaborar: Florencia, Budapest y Roma. Luego ya toca volver a mi hogar a pasar las típicas navidades. Me pregunto si este año significarán de una vez algo para mí. Quizás la distancia y el recuentro logren lo que la fe nunca fue capaz de conjugar. Desde hace 6 años no vivo una navidad realmente… Prefiero seguir caminando en vez de recordar. “Pretéritamente” nunca trajo nada.
Dejo que el agua humedezca mi rostro antes de ponerme la capucha y continuar andando. Después de pasar la tarde encerrado agradezco la lluvia. Se me antoja como un pequeño premio a mi cautiverio que no suelo abrazar como debo.
Los gatos se refugian como pueden mientras las motos aceleran para alcanzar antes su destino. Los viandantes se resguardan, reemplazan bolsos, maletas y mochilas por paraguas y cuerpos sin rostros, los bares sirven de excusa hasta que el temporal amaine a los menos precavidos. El caos que trasmite el sonido de la calle contrasta con la frialdad de la gente que la inunda pero ya no la invade. Pocas almas se cruzan en mi recorrido.
Las mejores amigas de los borrachos me proporcionan la única luz que alumbra mi camino a casa. Noto el rostro húmedo mientras mi cuerpo comienza a sudar a razón del cotidiano ascenso al que me veo predestinado diariamente. O eso o no acudir a clase. Si Sísifo pudiese leerme no me quedaría más remedio que sonrojarme.
Dudo un segundo si entrar en el supermercado o no antes de abrir el portal. “Ya lo haré luego, ahora estoy mojado” me engaño a mí mismo. Una vez en casa me cambio de ropa, ceno algo frío y que logra con más eficiencia recordarme la nostalgia de la comida casera que su legítimo objetivo de saciar mi hambre. Supongo que sólo me queda ver una película e irme a dormir.
Mañana será otro día Sísifo, mañana será.
Dejo que el agua humedezca mi rostro antes de ponerme la capucha y continuar andando. Después de pasar la tarde encerrado agradezco la lluvia. Se me antoja como un pequeño premio a mi cautiverio que no suelo abrazar como debo.
Los gatos se refugian como pueden mientras las motos aceleran para alcanzar antes su destino. Los viandantes se resguardan, reemplazan bolsos, maletas y mochilas por paraguas y cuerpos sin rostros, los bares sirven de excusa hasta que el temporal amaine a los menos precavidos. El caos que trasmite el sonido de la calle contrasta con la frialdad de la gente que la inunda pero ya no la invade. Pocas almas se cruzan en mi recorrido.
Las mejores amigas de los borrachos me proporcionan la única luz que alumbra mi camino a casa. Noto el rostro húmedo mientras mi cuerpo comienza a sudar a razón del cotidiano ascenso al que me veo predestinado diariamente. O eso o no acudir a clase. Si Sísifo pudiese leerme no me quedaría más remedio que sonrojarme.
Dudo un segundo si entrar en el supermercado o no antes de abrir el portal. “Ya lo haré luego, ahora estoy mojado” me engaño a mí mismo. Una vez en casa me cambio de ropa, ceno algo frío y que logra con más eficiencia recordarme la nostalgia de la comida casera que su legítimo objetivo de saciar mi hambre. Supongo que sólo me queda ver una película e irme a dormir.
Mañana será otro día Sísifo, mañana será.

1 comentario:
¿¿Además de lluvia y distancia, una cuesta??. Me lo pensaré dos veces antes de ir. Tu intuición será cierta: este año sí significará algo.
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