Había olvidado cómo era este país. Los desayunos nefastamente grasientos, los gordos borrachos de cara rojiza, los rubitos jóvenes de ojos azules quienes, pese a las facilidades con las que nacieron, nunca podrán ser atractivos, la torre de Babel que son sus aeropuertos y el amable trato que su burocracia dispensa siempre a los extranjeros. Si, por una noche he vuelto a Londres, mi ciudad de paso porque el destino quiso, y parece seguir deseando que así sea. Algún día, en un futuro lejano, me gustaría pasar aquí algo más de una o dos noches. No me desagrada en exceso, el lugar me gusta, siempre que veo todas las chucherías que venden en tamaños industriales, pienso en cómo le gustaría a mi primo vivir aquí.
No obstante, Londres no es mi destino. Me dirijo a Italia, Trieste, con el fin de pasar allí el último de mis cursos académicos (aunque personalmente los tres años pasados me han parecido más cercanos al gore que a lo puramente entendido como estrictamente académico….con excepciones, as always). Ayer viaje de Santander hasta el más norteño de los tres posibles destinos londinenses, y hoy (deben de ser las 10 de la mañana), viajaré a Italia, país completamente nuevo para mí insípida experiencia vital.
Tengo un rato libre hasta la hora de embarcar y, como no disfruto volando, más bien sufro ligeramente, y el tiempo hoy tampoco me acompaña, he pensado que sería un buen día para comenzar lo que será mi cuaderno de bitácoras en la red.
Odio mis nervios. Entiéndase que cuando utilizo el posesivo “mi”, quiero hacer hincapié en que cada uno sufre un desarrollo diferente de los mismos. A unos les entra pánico y necesitan bajarse del avión (aunque estos sean los casos más exagerados), a otros les sale sarpullido en la piel, o necesitan realizar todo un ritual de retalias dirigidas a calmar una superstición con la que han aprendido a convivir.
A mí me afecta a la tripa. Es asombrosa la cifra de veces que puedo acudir al baño en un día como estos. El estómago me suena constantemente y lo único que logra apartarme de esta incómoda sensación son unas botas de mujer que sugieren una falda más bien corta al final del recorrido. No sigo subiendo la mirada, me gusta lo que he visto ¿Por qué estropearlo?
Debo reconocer que mi regreso a tierras anglosajonas ha sido todo un éxito. He logrado entenderme a la primera en cada una de las encrucijadas en las que me he visto envuelto, lo cual me proporciona cierta seguridad y confianza en la Odisea a la patria de Rómulo y Remo, y me he adaptado tan bien que la mitad de las cosas que pasan por mi cabeza lo hacen en inglés, la otra parte de mis senilidades no soy capaz de traducirlas pese a estar en mi lengua materna, cosa de los nervios.
No soporto el tedio de los aeropuertos, seguramente es el lugar donde más gente lee del mundo, lo digo porque en mi calidad de estudiante sé, a ciencia cierta, que la gente suele acudir a las bibliotecas a hablar, no a leer. Este empírico dato convierte los aeropuertos internacionales, esos de las largas esperas y las hileras de asientos interminables, en los grandes comedores de lectura de esta nueva época. Me pregunto qué dirían Homero o Virgilio.
Las mismas botas, la misma falda vuelve a pasar y logro resistir nuevamente la tentación de alzar la vista. El interfono del aeropuerto no deja de sonar con avisos de llamadas a vuelos con destinos en los que nunca he estado pero que me hacen pensar en las posibilidades que nos ofrece el mundo. Mi estómago hace los ecos del primer aviso para mi vuelo como si se tratase de una sinfonía aun no compuesta que prueba sus primeras notas para llegar a ser algún día una partitura completa.
jueves, 9 de octubre de 2008
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1 comentario:
Tenias que ser piscis
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