domingo, 28 de diciembre de 2008

El individuo


Todo sucedió en el verano de 2004, en la ciudad de Berlín, concretamente, en el Estadio Olímpico de la capital alemana. Corría el minuto 110 de partido, debido a la prórroga, y suponía el último encuentro de quien todo el mundo consideraba que entraría a formar parte de la “lista de elegidos por el destino” para pasar a ser uno de los mejores de la historia: Aquella tarde Zidane luchaba por la Copa del Mundo al mismo tiempo que lo hacía por su inmortalidad. El rival era Italia.

Pero el destino quiso torcerse; Debió torcerse, era inevitable. Zidane no sólo propinaba un cabezazo a Materazzi, también, y sin habérselo propuesto, renegaba de la inmortalidad que el mundo quería darle. Miraba fijamente a los ojos de los millones de espectadores que habían detenido sus vidas para ver un partido de fútbol, y hacía girar sus perspectivas haciéndoles presenciar una autoafirmación individual, ante la cual nadie, ni nada podían elegir; Sólo un hombre tenía reservado ese derecho, y optó por su humanidad ante el asombro de todos los que secretamente soñaron algún día con ser él.

Zidane no sólo eligió ser el individuo en tiempos de la masa, sino que optó por el individuo que era, no por el que el mundo esperaba que fuese. Se dejó llevar por su lado más humano, demostrando que no importaba lo buen futbolista que fuese, ni los millones que atesorase, tampoco transcendía el momento o la fama, ni la reputación, tan sólo su humanidad, con todos sus defectos, sus miedos o esperanzas, con los sueños de un ser humano elevado a la categoría de los ángeles con todo el potencial de siglos y siglos de perfeccionamiento. Zidane demostró que daba igual lo que el mundo fuese capaz de evolucionar, el ser humano seguía siendo demasiado impredecible, enigmático, implacable y abstracto para el propio ser humano.

El mundo creía tener atado a Zidane de pies y manos, debía ser lo que el subconsciente de todos quería que fuese. La rebelión tomó forma de cabezazo, fue la acción más humana, más extrañamente particular que podía escoger un ente liberado para abofetear el rostro del mundo.

“Así soy yo. Puedo permitirme el lujo de lanzar un penalti a lo Panenca en la final de una Copa del Mundo del mismo modo que puedo propinar un cabezazo a un italiano en el mismo partido, pese a lo que significa para vosotros y para mí. Así soy, y así debéis aceptarme, no como vosotros pretendéis que sea.”

Un natural de estas tierras, con cara de pocos amigos, muerto más de cien años atrás, fue la única alma que ante el silencio ensordecedor que inundaba el Estadio Olímpico de Berlín en aquel momento de la extraña historia del hombre, fue consciente de lo que debía hacer. Por ese mismo motivo, se levantó de su asiento, y ante la mirada atónita de 69.000 personas, aplaudió con todas sus fuerzas la acción que sus ojos acababan de vislumbrar. "Una virtud es una invención propia", parecían decir sus malévolos ojos.

Cuando terminó de ensalzar en la medida en que lo creía oportuno la materialización de sus teorías filosóficas, tomó asiento, pero no sin antes prorrumpir un murmullo en una voz difusa, mezclada con los gritos que habían vuelto a animar el partido. Los que aquella tarde se encontraban próximos a él juran haberle oído decir: “Que viva el súper-hombre”.

miércoles, 10 de diciembre de 2008

Vuelva a casa por Navidad


Se acerca ese momento del año tan tierno, poblado de luces porque la noche llega antes y necesitamos combatir la oscuridad con los colores más alegres y cursis posibles, en los países desarrollados especialmente. La Navidad esta próxima. Las ciudades ya lo han preparado todo para que al pasear por sus vías, los transeúntes se inunden hasta el fondo de sus huesos de eso que llamamos espíritu navideño y que no sabemos exactamente para que sirve, aunque intuyamos como se esconde, tras el velo de la ternura, la simpatía y el amor incondicional por una familia que tenemos que soportar el resto del año a regañadientes, o por extraños, la mano maquiavélica del Corte Inglés y sus conspiradores. Pero nos da igual; A fin de cuentas, nos gusta consumir.

La crisis va a provocar que la dosis de felicidad que se respire esta navidad sea menor que la de años pasados; Ya se sabe, cuando la pobreza entra por la puerta, el amor salta por la ventana. Quizás este sea un dicho absurdo, especialmente para los pocos románticos que nos escodemos tras la máscara del escepticismo y la indiferencia para no ser heridos de muerte en cada esquina, pero a fin de cuentas, por algún motivo habrá pasado a formar parte de la sabiduría popular. La misma que tendrá que ingeniárselas para lidiar con la deuda Americana en estas fechas que obligan moralmente al consumo desenfrenado, al hedonismo más burdo, a los abrazos fingidos, deseados, añorados o temidos, y a los apretones de manos seguidos de frases que normalmente no sentimos.

Hubo un tiempo de mi vida en que renegué de toda la parafernalia que rodea estas fiestas como si se tratase de la peste, me molestaba la hipocresía, la afluencia de mendigos a las calles haciendo su agosto a costa de una sociedad que, pese a la banalización del evento, siente un poco más profundamente su propio espíritu religioso y se ve poseída por una bondad producto de la imagen residual cristiana que habita en sus subconscientes. O los mensajes y felicitaciones, que se obvian el resto del año, como si alguien hubiese dado el pistoletazo de salida a la competición de “quien reparte más cariño desinteresado por el mundo” elevándolo a categoría de Olimpiada. Recuerdo que todo esto solía hacerme perder la paciencia con bastante facilidad.

Hoy francamente me es indiferente. Supongo que los años, el ver reflejada la ilusión en los ojos de los más pequeños, la aceptación del cliché “la vida es así”, los recuerdos del vaho escapándose por la boca, las castañas, o el caminar abrigado por el frío por calles inhóspitas cuando el resto de la ciudad se encuentra abarrotado de transeúntes que caminan como un rebaño, compensa mis ideas adolescentes sobre la Navidad. La misma distancia que me separa de los que siempre me fueron cercanos, logran hacerme cambiar de prisma y apreciar que las cosas no siempre son blancas o negras, y que casi todos los elementos de este mundo son una opción para el individuo que sabe aprovecharlas o una maldición para los que no son capaces y se esconden en las tiendas cuando su propia debilidad los apabulla.

jueves, 4 de diciembre de 2008

Momentos Tristes


Recuerdo el 11-M estando en Inglaterra, y el doble pánico que sentí cuando no se conocía aun la autoría de aquel desalmado ataque, retazos de lágrimas, consuelos y una profunda pena que se materializaba en uno de los silencios más desoladores que he tenido que escuchar en mi vida. Pocas noticias son tan mal acogidas por un vasco en el extranjero cómo la de un nuevo asesinato a manos de ETA. “Otra vez” piensas, y te das cuenta al instante de que, eso que te parece una vieja y mala costumbre, algo recurrente para los periódicos y telediarios, es en realidad un verdadero calvario para personas que no conoces. Es lo mismo que suceda en Bilbao o sus proximidades, o en algún pueblo perdido de Extremadura, la conclusión es tan simple cómo devastadora: Ha muerto otra persona, y no logro, por mucho que mi intelecto lo intenta, discernir por qué exactamente. La distancia con la realidad que vivías a diario convierte estas noticias en algo todavía más absurdo, más inexplicable.

¿Qué puede ser tan importante que valga la vida de un desconocido? ¿No existen ya suficientes desgracias, atrocidades, injusticias en el mundo, para que encima unos desalmados contribuyan a engrosar esa torre de Babel por motivos burdos, racionalizaciones vacuas e imperativos hipócritas?

Un ligero sentimiento de impotencia, incluso de culpabilidad por compartir la tierra con esa gente que dice hablar en mi nombre, se instaura y no logro desprenderme de su olor. La vida sigue. Mañana, estando a 1.000 kilómetros de mi tierra, volveré a acudir a la universidad. Tomaré un café en el descanso. Intentaré enterarme de qué es lo que dice el profesor, y volveré a casa pensando que cocinarme para cenar.

¿Y qué más puedo hacer me digo? ¿Qué podría no hacerme sentir tan impotente? ¿Ser cómo el resto y apoyar a un partido político cómo se defienden los colores de mi equipo de fútbol? ¿Alguna organización o grupo? De pronto, llana y claramente, sin metáforas, sinónimos o edulcorantes semánticos, descubro que la impotencia se ha mezclado con la culpa. Y que el resultado, por muchos titulares que lea, declaraciones y testimonios que escuche en la radio, datos sobre la investigación que se descubran, relatos humanos y sentimentales que devore, los medios de comunicación tienen un límite, y lo único que queda detrás de toda esa mierda que tragamos, que leemos sentados en nuestros sofás, o en el taburete del bar tomando un café, es que alguien ha perdido a una persona que quería. Trato de comprender, ahora que la verdad es simple, llana, ahora que me doy cuenta de que el error es elevar la política y la pérdida de un ser querido a la misma categoría, al mismo nivel, y relacionarlos en una noticia, de qué no hay porque luchar sino por las personas que queremos.

Maldita mierda que nos conduce, en estos tiempos de la globalización, de la economía, cuando la tecnología hace más cortas que nunca las distancias físicas, después de tantos siglos de historia colectiva, de errores, de memeces llevadas a cabo en nombre de ideales que, el tiempo ha demostrado, estaban vacios, a que algunos sigan siendo incapaces de aprovechar el poco tiempo que se nos ha concedido, en aprender de la vida, disfrutar, vivir, dejar vivir, querer o respetar. Puede parecer dogmático, puede incluso sonar cursi. Pero es un hecho; Nosotros elegimos que hacer durante nuestra estancia entre los vivos, pero algún cabo debemos haber dejado suelto para que algunos se afanen en engrosar la lista de los que ya no estarán nunca más con nosotros creyendo en la legitimidad y la nobleza de su asquerosa, sucia, desalmada, incoherente, insidiosa y atroz masacre. Es hora de seguir hacia delante, es más, hace tiempo ya.

sábado, 29 de noviembre de 2008

Insomnio



Otra noche en vela. Sospecho que mis costumbres, pese a no ser muy libertinas, ni siquiera responden al término inventado de “jolgóricas”, me impiden conciliar el sueño a la hora que preciso para poder madrugar el día siguiente. El colchón supongo que tampoco ayuda.

Otra vuelta en la cama. Ya he probado un par de veces el lado izquierdo y no hay forma. Los muelles se me clavan y no entiendo por qué. El día que me mudé, yo y mi compañero de piso esperamos a que todos saliesen de casa para cambiar los colchones y quedarnos los más cómodos. Luego yo le hice una marca al mío para no convertir la convivencia en un círculo vicioso, y así poseer una llave que fuese capaz de parar la vorágine en potencia que corría el riesgo de estar comenzando. Pero el maldito colchón sigue siendo demasiado protagonista de mis noches de insomnio. Es blando, incómodo, su movimiento suscita en mí la idea de que quizás tenga vida propia, o al menos consciencia…no sé si se puede tener uno sin tener el otro…no obstante, ahora no es momento.

Desde el salón me llegan sonidos de música. Mis compañeros de piso están bebiendo cervezas y “pinchando temas” en you tube. Ahora le toca a Laura Pausini, quien hace el relevo de Nec, ¿se llamaba así el que cantaba la canción esa de “Laura no está, Laura se fue”? Quizás eso explique porque no duermo. ¿Quién podría dormir tranquilo bajo el mismo techo que esta gente? Supongo que sólo trato de legitimar el cambio de colchones.

Me ahogo en mis pensamientos con la esperanza de que la banalidad de los mismos me ayude a conciliar el ansiado sueño que no llega. Por algún extraño camino llego a acordarme de “El retrato de Dorian Gray”, un buen libro, pero no recuerdo el nombre de su autor ¿Por qué sólo me sale el nombre de George Orwell? Era parecido, pero no logro recordarlo. Veamos si apoyado en el lado derecho. No. Tampoco me ayuda a recordar. De pronto me ha venido a la cabeza el nombre de Charles Dickens y la sensación de encontrarme aun más desencaminado ¿Cómo se llamaba?

Pruebo apoyando la espalda, el pecho, enciendo la luz y trato de buscar alguna pista en el libro de italiano que yace sobre mi mesilla: “Teoría y técnica de la publicidad” (lógicamente he traducido el título). Nada no hay manera.

Decido levantarme. Voy hasta el salón. Abro la puerta y una nube de humo me recibe con una alegría ebria. Lanzo la pregunta al aire antes de que alguien utilice el típico “Jose” sorprendido, ya que no deseo dar explicaciones, sólo saber cómo se llamaba ese tío del que decían era gay pero él lo negaba.

“Oye. ¿Alguien recuerda cómo se llamaba el tío que escribió El Retrato de Dorian Gray?” Inevitable. Oigo un “Jose”. Lo interpreto como un “ni idea” y les pido amablemente que lo miren en Internet. Doy educadamente las gracias y me vuelvo a la cama. Espero dormir mejor ahora que he solucionado la cuestión del autor que ocupaba mi mente y cuyo nombre no recordaba. Guardo un buen recuerdo de esa obra, pero no sé si como para quitarme el sueño. Sin embargo no funciona. Sigo sin poder dormir.

Media hora después vuelvo a levantarme. Regreso al salón y empiezo a escribir esto. Noto como las valerianas que he tomado antes de alcanzar el salón en mi último viaje no hacen ningún efecto, y ya estoy terminando de escribir. Empiezo a preocuparme ¿Y si he perdido la capacidad de dormir?

Oigo otro “Jose” y siento que es el detonante que esperaba para irme de una vez por todas a la cama. De todos modos, es muy difícil escribir cuando la gente a tu alrededor esta bebiendo, fumando, riendo y oyendo música. Espero que sea una cuestión de insistir.

lunes, 24 de noviembre de 2008

Madurar a los 26


Querida familia, amigos, conocidos, detractores, curiosos, atrevidos, amantes y demás. Os contaré cómo comenzó todo. Fue hace unos años, diez o así. Yo estaba sentado en el sofá de mi casa, tranquilamente, creo que veía la televisión, cuando mi hermano Charly interrumpió en el salón y me dijo: “Alguien me ha dicho que eres un tío listo”. Desde entonces sé que he estado un poco insoportable. Y creo que es hora ya de ir disculpándose y realizar un ejercicio auto cognitivo y crítico.

Supuso el comienzo de las bromas pesadas, las tomaduras de pelo, las argumentaciones rocambolescas que no perseguían nada más que desconcertaros y convertiros en objeto de risa, las frases de personajes históricos memorizadas para que perdierais el respecto de otras personas presentes, la contestación que siempre trata de quedar por encima de la precedida por el otro interlocutor, y el regusto amargo que os dejaba cada vez que imponía mi manía por articular la última palabra a modo de sentencia.

Sé que han sido años difíciles. Todos habéis puesto de vuestra parte para tolerarme lo mejor que podíais (que, debemos reconocer sinceramente, no ha sido precisamente mucho) con el esfuerzo que esto conlleva. Habéis sufrido el tener que soportarme, educarme y tolerarme. Por lo cual, a todos vosotros, personajes que algún día habéis compartido mi realidad, mi anodina realidad, si lo preferís, o caótica, desordenada, incluso, os lo concedo, absurda realidad, debo daros las gracias.

Pero no temáis, pues este año de Erasmus será la salvación de mi lado humano. Os prometo que todas las fiestas del mundo, el despilfarro más desenfrenado, el hedonismo más mezquino y el nihilismo más empírico, sazonado y batido con toda clase de bebidas y drogas, inventadas y por inventar, supondrán mi salvación, y de paso la vuestra. No más veces sin levantar la taza del wáter cada vez que acuda a la llamada de la naturaleza, no más cejas depiladas en el transcurso del sueño, jamás volveré a dar uso ilegítimo a los cepillos de dientes de otras personas, no más comentarios jocosos, nunca más volveré a reírme de vosotros sin que intervengáis en la risa, y sobre todo, no jugaré más a la “última palabra”.

Este año es mi salvación. Me toca madurar por fin. No sé si eso es bueno o malo, si significará algo o tan sólo supone otro paso más en la vida, uno de esos difíciles, para los que nos resistimos a superar el síndrome de “Peter Pan”. Pero lo que sí sé es que vuestra alma (los que la tengáis) seguro que me lo agradecerá. No me deis las gracias. Haced alguna buena acción para pagármelo. ;-)

Recuerdos a todos.

*yo*

domingo, 16 de noviembre de 2008

Venecia Santa Lucía



Las paredes de Venecia trasmiten algo cuando uno pasa junto a ellas. Te miran, se ríen, y tú te preguntas: “¡Malditas! ¿Por qué os reiréis?” Pero continúas caminando. Las máscaras y los cristales en todas sus formas y colores inundan los escaparates que alumbran más que las luces de la propia ciudad.

La noche comienza a descubrirse y, poco a poco, los misterios que parece esconder la ciudad se ocultan aun más entre las sombras que proyectan sus callejones. La paz que ha reinado durante todo el día gracias a los rayos de sol colándose entre los recovecos de la isla-ciudad, como si en el cielo alguien hubiese colocado un mantel con agujeros, se desvanecen y su lugar lo ocupan las formas deformes que recuerdan a la silueta de figuras disfrazadas tras las oscuridad.

Los puentes que atraviesan los canales, guardianes de la ciudad, ya no son seguros. Sus formas no se distinguen bien, sus texturas son irreconocibles, mis ojos tampoco logran definir sus colores, así parece que la gente logra atravesar la barrera acuática caminando sobre sombras suspendidas en el aire mientras charla despreocupadamente.

Me detengo un instante frente a un escaparate. Las máscaras sin ojos en el lado donde la luz es más brillante me observan, parecen comentar entre ellas algo que no quieren que yo oiga y siento que han detenido su conversación en el instante en que las he mirado. No pretendo suscitar el diálogo de mis demonios custodios, pero tampoco disfruto mientras me miran sonrientes, como si conociesen un secreto que no quieren compartir conmigo y me incumbe.

Logro por fin alcanzar una zona más tranquilizadora. Estoy frente al canal grande. Atrás he abandonado las piedras que forman las paredes de la ciudad, la oscuridad es más clara aquí donde la luna no tiene porque ocultarse. Las máscaras han desaparecido y continuarán su conversación sin mí para interrumpirlas, y no hay ningún puente cuya existencia tenga que poner en duda. Respiro. Estoy más tranquilo.

El reflejo de la luna sobre la oscuridad del agua me distrae de mis inquietudes. Su balanceo sobre la superficie azulada me permite observar al astro inclinando la cabeza, lo cual me hace sentir extraño. No me observa, ella es indiferente a mi presencia. Tan sólo juega con el agua.

El sonido de las paredes que hay tras mis espaldas me hace recordar el mundo que me espera. Ese que me mira extraño cuando camino entre sus muros, que se esconde tras la tiniebla para, al llegar la noche, no querer reconocerme los secretos en que inundan sus paredes.

martes, 11 de noviembre de 2008

Cinetrip


La locura se desata en las masas. Hombres y mujeres, que recientemente han alcanzado ese status, abrigados por un bañador o bikini, aprovechan la fiesta organizada por uno de los muchos balnearios aquincenses que pueblan la capital. Música, piscinas de agua fría y caliente, salas de relax con sus tumbonas, incluso improvisadas discotecas, decoran un escenario diseñado para el relajo de miles de turistas que visitan Budapest todos los años con el fin de encontrar la paz que prometen sus aguas termales.

La fiesta mensual conocida como “Cinetrip”, celebrada a orillas del mítico Danubio hace las delicias de cientos de personas y se trata de uno de los eventos más destacados de la ciudad, por encima del propio Parlamento, el castillo de estilo Disney World, construido con motivo de la Expo, o la isla Margarita, el pequeño Manhattan de la capital Húngara.

Pese al mítico entorno que rodea la celebración, la realidad es que reconozco haber perdido otro pedazo de la fe que tenía en el género humano, aunque pensaba que no me quedaba ya nada, y obtengo otra prueba de la conclusión extraída de la teoría de Darwin, por la cual se deduce que descendemos del mono.

Unir a grupos de hombres y mujeres en una bacanal desenfrenada siempre suele conducir al exceso del vicio por el placer del simple vicio. Hedonistas en pleno desenfreno de sus emociones llenan las duchas de parejas, las piscinas de meadas y el suelo de vómitos y sangre a causa de los resbalones de borrachos andando sobre suelo mojado. Era Nietzsche el que defendía la teoría, no tan extendida como la de la evolución de las especies, de que la locura raramente se daba en los individuos, sino que es más común en grupos, razas y naciones.

Al margen del algarabío colectivo disfruto en la fiesta. Un evento diferente que desliza en mis recuerdos un sentimiento anodino, de surrealismo, como si recordase la fiesta pero no haber estado allí nunca.

Pese a todo mi viaje fue productivo, no sólo por apreciar uno de los extremos de la cara de la moneda que es el ser humano, y su infinita tontería, sino también por la ciudad de Budapest y sus contrastes. La capital de Hungría es un lugar extraño, como si una parte de la población hubiese abrazado el nuevo siglo hace relativamente unos meses, mientras la otra parte pelea por entrar en los años 90. Supongo que su entrada en la Unión Europea beneficiará este proceso, siempre que su Gobierno sea capaz de involucrar a toda la sociedad en el cambio que se avecina.