
Tiene algo de bonito y romántico, y al mismo tiempo de decepcionante y dramático, observar como aquí, a cientos de kilómetros de nuestras casas, la gente se comporta en libertad. No es que sea sociólogo, pero creo que lo que hoy veo en cada una de las personas que un día se embarcaron conmigo en esta aventura, con quienes convivo, a quienes apenas veo o conozco pero con quienes coincido, o los que poco a poco se hacen un hueco en mi existencia, van mostrándome, son los primeros capítulos del libro que, sin saberlo, todos escribimos para nosotros mismos.
Conductas derrotistas, gente que se revuelca en el fango de su propia miseria, alegrías desbordadas por pequeñas cosas, lágrimas que hubiesen alcanzado el asfalto en ese mismo momento sin importar mucho el donde o el por qué. Gente de la que aprendes, personas de las que huyes, motivos para tener esperanzas en el futuro, signos inequívocos de que, quizás, algún día la sociedad del bienestar no sea un sinónimo de mediocridad y dejadez. Lo cierto es que, como decía aquel famoso torero cuando le dijeron a qué se dedicaba Ortega y Gasset, “hay gente pa to”.
Lo que no logro entender, por mucho que me esfuerzo, da igual las ocasiones en que me tope con ello, es esa manía de las personas por afianzarse en sí mismas. Como si no necesitasen o quisieran aprender. Cómo si jamás hubiesen vertido, por accidente, una crítica sobre ellos mismos. De forma velada, oculta, difuminada por el velo de la pena, o del arrepentimiento. No puedes pedir ser infalible, no puedes pretender que todos tus pasos te guíen a tierras fértiles, firmes y seguras. Pero debes ser consciente de que haya donde llegues, aquello que recibas, en gran medida, es el resultado de tus decisiones, que poco a poco se acumulan, se suman las unas con las otras, variando el resultado a cada instante y convirtiéndote a cada momento en la suma de tus acciones.
Con que facilidad, más digna de envidia, veo a algunos actuar libremente, sin que el peso que supone tratar de calibrarlo con la coherencia y la perspectiva, les parezca afectar. Y comprobar que no por ello ha quedado mellada la armadura con la que llegaron aquí.
Hoy me siento pesimista. Veo al ser humano, a lo que algún día serán hombres y mujeres, vagar sin sentido, sin arrepentimiento, sin la marca de la duda o el arrepentimiento acerca de lo que hacen, lo que deben mejorar o aprender, y me siento un poco menos cerca del mundo. Más distante y sólo. Pienso en que ojalá yo también pudiera caminar junto a ellos, dejándome llevar en esa vorágine que lo arrastra todo y ante la cual nadie parece oponer resistencia.
Veo derrochar cargadores enteros de balas. Oigo caer los casquillos al suelo mientras observo cómo el objetivo es el aire, el vacío, mientras el francotirador cierra los ojos, no necesita ver. Nadie le dijo que hiciese falta, sólo que disfrutase del placer de disparar. De sentir la fuerza de retroceso del arma y la libertad de empuñarla y utilizarla. Nadie le enseñó jamás a apuntar. Valiente asesino este tiempo de pocas ideas y menos valores que la suerte tuvo la osadía y el coraje de regalarnos.

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