
En principio no soy supersticioso, y debería estar agradecido, ya que en la zona en la que actualmente habito merodean una cantidad desorbitada de gatos. Todo se lo debemos a un par de locas que, a falta de hobbies, se dedican a dar de comer a los animales callejeros, y por consiguiente, se antoja imposible llegar a la biblioteca, o volver de ella a casa, sin que por el camino se me crucen un par de gatos negros, de esos que de pronto saltan de los alfeizares sin que te des cuenta y se cruzan en tu camino sin darte tiempo a apartarte. O tumbados en los coches de la zona, siguiéndote con esa mirada penetrante mientras pasas a su lado. Mal augurio.
No sé a quién debo dar las gracias a que no sienta un apego especial dando valores románticos y místicos, a objetos o circunstancias, ya sea de forma personal o colectiva, pero me gusta pensar que la causa principal de esa no adquisición de costumbres supersticiosas sea producto de mi falta de fe, hasta el punto de que no puedo considerar que las cosas suceden porque si. Pienso que siempre hay un motivo subyacente, o no tan escondido, pero creo (si, lo he elevado a la categoría de creencia) que siempre, categórica y absolutamente siempre, hay una explicación, un motivo, una razón, un por qué.
Una vez descubrimos el sentido de las cosas podemos entrar en el estúpido, pero satisfactorio y enriquecedor juego de catalogarlas. Es “bueno”, “malo”, “bonito” o “barato”, pero está ahí, y que a veces no la encontremos no es más que la prueba de algo que nos cuesta mucho reconocer y que también está con nosotros: Nuestra propia ignorancia. Pero seamos honestos. Mejor reconocerse a uno mismo, y cuanto antes, su existencia, su inevitable compañía, y asumir que así será hasta el resto de nuestros días, que omitirla y pasarnos nuestra existencia contribuyendo a “engrandecerla” (confío se perciba el tono irónico).
Pero no caigamos en las redes del nihilismo más estéril. Quizás el sentido de todo sea que no hay ningún sentido pero eso no significa que debamos rendirnos a la hora de buscar respuestas, pese a que nunca lo lleguemos a saber todo. Sin ir más lejos, hemos basado la teoría de la creación de nuestro universo, principalmente, en el hecho de que los planetas se alejan unos de otros, cuando las leyes del universo dictan que los cuerpos, la materia de la que están formados, a esos tamaños, tienden a atraerse…aunque también lo hacen estando de Erasmus, por lo que veo. Y nos quedamos tan tranquilos con la explicación. Y así avanza la ciencia. Sustentándose sobre teorías que algún día serán sustituidas por otras que nos convengan en mayor medida. En eso basamos nuestro conocimiento.
Es mejor tener una teoría que se sujeta con pinzas que un espacio oscuro en nuestro entendimiento. Ahora bien, no sé como habiéndonos creído semejante explicación acerca del origen de todo lo que conocemos, el paso de un animal de color negro frente a nosotros, pueda suscitarnos la sensación de un mal augurio. A veces me pregunto si no guardará relación, esa mala suerte vista por doquier, con el hecho de que la vida apeste, sólo un poco, pero lo suficiente como para haber creado leyendas urbanas de esta índole. O quizás tenga algún componente racista (la gente aun no se ha enterado de que los blancos somos minoría en el planeta)
Cómo decía Camus, o Kundera, ahora no lo recuerdo, son las preguntas sin respuesta, las que marcan nuestras propias fronteras, los límites que no somos capaces de traspasar y tras los cuales no sabemos qué se esconde. Pero no tengamos miedo. Lo peor que puede sucedernos es que, teorizando, buscando ideas que representen la realidad tal y cómo la vivimos y conocemos, encontremos alguna verdad. Tan malo no puede ser ¿O sí?

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