lunes, 20 de abril de 2009

La Semana más Santa


Este año la noción de vacaciones ha adquirido una nueva dimensión para mí. No es más ese periodo estival en el cual no tienes que ir clase, y acudes menos al trabajo, especialmente porque en Italia las vacaciones resultan bastante menos extensas para los pobres estudiantes. Pero este año se me ha revelado un nuevo significado como iba diciendo. La época en que tus compañeros de piso se van a hacer algún viaje con sus padres, o retornan a España para ver a la familia, a los amigos, o en los casos más extraños a la pareja, lo cual supone la libertad para, entre otras cosas, poder ducharte sin cerrar con pestillo, no tener que quitarte los cascos cuando entras en la cocina porque hay alguien con quien convives y a quien, en teoría, pero sobre todo por razones prácticas, debes un respeto, no limpiar lo que ensucian personas ajenas o recibir visitas sin sentirte abochornado. Por no irme a los extremos del libertinaje, como pasear por casa en calzoncillos cuando hace bochorno, o poder meterte el dedo en la nariz sin tener que soportar la mirada inquisidora de asco de alguien que saborea un exquisito plato de pasta en frente tuyo.

Y es que todo el mundo tendría que tener derecho a quedarse de vez en cuando sólo en casa. No sólo sirve para conocerse a uno mismo, sino que también tiene esa pequeña aventura todas las noches a la hora de escoger la cama en la que dormir. Las colas para ducharse y los problemas de espacio a la hora de poner lavadoras palidecen a lado de la fantasía cumplida, tanto tiempo después, de poder escuchar una canción de Queen por tercera vez seguida a todo volumen sin que la gente comience a mirarte mal mientras paseas por el pasillo emulando, no muy orgullosamente, a Fredy Mercury o Brian May. Los problemas de disparidad en los gustos musicales se resuelven al instante, los pedidos de Pizza a domicilio corren un menor riesgo de estar equivocados (proporcional al coeficiente de quien te tome el pedido al otro lado del teléfono; ergo, no lo suficientemente nimio para reconfortarte, pero menor de lo habitual), la pila de platos para fregar disminuye considerablemente, lo cual provoca cierta satisfacción todas las mañanas al levantarte y ver que, pese al tiempo que llevas sin agarrar el estropajo, la montaña aun no está desbordando el fregadero.

¡Ay! Libertad, que robas de mis fantasías las ilusiones más profundas para abandonarlas a su suerte en eso que llamamos soledad. La desventaja de gozar de intimidad tras meses de dura convivencia es que tiene su fin, y donde todo terminó, todo comienza de nuevo. Pero pienso en el carácter cíclico de las cosas y sonrío a medida que cada uno de mis compañeros, uno detrás de otro, van apareciendo por la puerta; “Si nunca hubiesen vuelto”, me digo, “jamás hubiese sido capaz de conocer la libertad que un día, y secretamente, supuso su ausencia”. Ahora, de nuevo vuelves a la tortura de tener que escuchar a Luís Miguel cuando menos te lo esperas, y descubres con cierta perplejidad, que la puerta, ese umbral que durante la última semana parecía el séptimo vínculo con el infierno, pues sabías lo que por ella vendría antes o después, se convierte en la única forma de escapar de ese estribillo insoportable: “Si nos dejan y nos vamos…”.

1 comentario:

Liverani dijo...

MAGISTRAL, SENCILLAMENTE MAISTRAL, jajajajjajaaj, me parto el ojo...