viernes, 6 de marzo de 2009

Incompatibilidad tecnológica


Juega el Athletic la semifinal de Copa del Rey. El partido que puede darle el pase para jugar la final le enfrenta al Sevilla en San Mames. Cómo me encuentro en Italia no me queda más remedio que verlo por Internet. Voy a casa de Luis. Estoy nervioso cuando el árbitro pita el comienzo y aun no hemos decidido que canal vamos a escoger. ¿El que se ve un poco borroso pero puedo escucharlo en mi lengua natal o el que le imagen es más nítida pero lo retransmiten en inglés? Dejamos los dos, esperando que ocurra algo, generalmente solemos optar por el que menos cortes sufra.

Seguimos en pesquisas, con los ingleses ofreciéndonos el partido cuando oímos voces en nuestro idioma que cantan un gol. Javi Martínez ha adelantado a mi equipo y aun tengo que esperar cuarenta segundos para poder ver el gol porque la imagen se ha cortado. Le pido a Luis que desconecte al pesado de Patxi Alonso para que no vuelva a estropearme el momento.

Finalmente veo el gol. Aun con todo lo celebro. Los nervios dejan paso a un pequeño atisbo de alegría contenida que explosionará en 90 minutos si la suerte me sonríe. Sigo viendo el partido con la tensión que ha regresado a mi cuerpo para no abandonarme. Suena el teléfono; me llama mi amigo Jon.

-Grande Javi Martínez ¿eh?-le digo nada más descolgar.

-Qué pasada tío. Ganando de dos. ¡Increíble!

-¿De dos?-le pregunto. -Aquí sólo hemos visto un gol.

Hago cuentas. El problema de ver un partido por Internet es que sueles encontrarte siempre unos minutos atrasado con respecto a la inmediatez del directo. Le doy las gracias con cierta sorna e intuyo que con el ruido de fondo no me entiende, así que le cuelgo y pienso “capullo”.

Un par de minutos después veo cómo Llorente anota el nuevamente anunciado gol. Sonrío. Ya no puedo celebrarlo porque he tenido tiempo de sobra para asimilarlo y mis sentidos se encuentran agarrotados por la cercanía del momento. Me froto las manos y trato de distraerme sin dejar de mirar la pantalla pero en vano. Todos mis intentos por liberarme del estrés provocado por la acumulación de la tensión sobre mi espalda son fútiles.

Vuelve a sonar el teléfono. Esta vez es mi primo Juan. Contesto:

-¿Lo estás viendo?-Me pregunta.

-No, estoy estudiando para un examen no te jode. Pero ¿lo estás viendo tú? Si pasas del fútbol-me extraño.

-Dos cero tío, estoy flipando- me encanta que ignoren mis preguntas.

-Ya, bueno, aun queda mucho.

-Espera, espera, espera, espera... ¡Buah! Tres cero, flipa.

-¿Qué? ¿Han marcado?

-Ahora mismo. Tres ceros primo. Jua, jua. Que van a jugar la final tú.

Lógicamente cuelgo el teléfono a mi primo. Mientras maldigo el hecho de encontrarme emparentado con semejante esperpento mi móvil vuelve a vibrar. Mi Madre. “Querrá terminar de joderme el pastel” Le cuelgo, no me gusta colgar el teléfono a mi madre bueno, ni a nadie desde que tenía 19 años, pero siento haber obtenido una justificación, en forma de goles previsibles, más que válida.

Apago el móvil. Vuelvo a frotarme las manos, esperando ese gol predicho. Finalmente llega. Ni me levanto del asiento. Suspiro un poco por aquí, resuello otro poco por acá, y hago tiempo hasta que termine la primera parte. Cuando lo hace no enciendo el teléfono. Me prometo que nadie va a fastidiarme otro gol en este partido y, cual Nostradamus, mi predicción se cumple cuando, tras 90 minutos, el marcador sigue igual. Supongo que eso no debería empañar el hecho de que vayamos a ver a nuestro equipo la final. Y cómo dice mi madre, “de los arrepentidos nacen los escarmentados”. Espero acordarme de hoy en Mayo.

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