domingo, 15 de marzo de 2009

Mi primer Cartellone


Cómo somos hijos de las costumbres y nietos de los rituales, se antoja complicado vivir en un país durante seis meses sin presenciar alguno de estos. También se puede tener mala suerte, o ser muy tonto, pero supongo que lo normal será encontrárselos, incluso poniendo un poco de nuestra parte, participar en alguno de esos sagrados momentos culturalmente ajenos a nuestras costumbres.

Así me aconteció el otro día. Estuve presente en mi primer “Cartellone”. Se trata del final del camino del estudiante; El día en que acaba la carrera y se laurea con honores. Y claro, la confianza, esa de la que suelen abusar los amigos, está para manchar los galones, y si es nada más recibirlos, mayor tentación. Por ese motivo, el aclamado y reciente ex estudiante, tras presentar su tesis final, recibir los votos de humano preparado para dejar la caverna y poner el pie en el mundo exterior, habiendo llegado al final de un camino que a momentos se le antojó interminable, encuentra una pequeña metáfora de lo que le espera en la vida una vez abandonado el confortable cobijo de las aulas.

El Cartellone en si no es más que una cartulina bastante grande con fotos del protagonista, que pueden estar adulteradas o no, y enmarcados por gigantes espacios en blanco que son rellenados con breves rimas chistosas y humillantes. La esencia del mismo es realmente lo que acontece alrededor de este: El laureado debe vestirse con las ropas que le han preparado, generalmente no muy dignas ni cómodas, y leer en voz alta la lista de improperios en consonante o asonante que sus “amigos” le han dedicado con motivo del evento. Por cada vez que se trabe al leer, pare para tomar aire, se detenga para reír o dude, la misma masa enloquecida que un día tomo la Bastilla, o asedio Troya durante ocho años, le arenga a beber un trago de la botella.

Así, en Italia, el país que dio a tantos magnos personajes de fama mundial en la antigüedad, aunque hoy se haya amoldado con bastante eficiencia a la vulgaridad generalizada en todo el continente, goza de preparar a sus estudiantes en el último escalón del recorrido con una humillación pública; bellísima metáfora de lo que la vida les depara, quiero suponer. Menos mal que la sabiduría popular está siempre presente para enmendar las carencias de la praxis institucional. Ahora que lo sé me siento mucho más tranquilo.

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