martes, 28 de octubre de 2008

Sísifo



El cambio de hora me hace sentir extraño al salir del edificio y comprobar que ya es de noche. El tráfico, continua incesante por las estrechas calles de la ciudad mezclando su rugido con el crepitar de la lluvia sobre el asfalto cayendo con considerada moderación. Ya ha pasado un mes, y de camino a casa repaso los planes que el definitivo asentamiento en mi nueva casa me ha permitido elaborar: Florencia, Budapest y Roma. Luego ya toca volver a mi hogar a pasar las típicas navidades. Me pregunto si este año significarán de una vez algo para mí. Quizás la distancia y el recuentro logren lo que la fe nunca fue capaz de conjugar. Desde hace 6 años no vivo una navidad realmente… Prefiero seguir caminando en vez de recordar. “Pretéritamente” nunca trajo nada.

Dejo que el agua humedezca mi rostro antes de ponerme la capucha y continuar andando. Después de pasar la tarde encerrado agradezco la lluvia. Se me antoja como un pequeño premio a mi cautiverio que no suelo abrazar como debo.

Los gatos se refugian como pueden mientras las motos aceleran para alcanzar antes su destino. Los viandantes se resguardan, reemplazan bolsos, maletas y mochilas por paraguas y cuerpos sin rostros, los bares sirven de excusa hasta que el temporal amaine a los menos precavidos. El caos que trasmite el sonido de la calle contrasta con la frialdad de la gente que la inunda pero ya no la invade. Pocas almas se cruzan en mi recorrido.

Las mejores amigas de los borrachos me proporcionan la única luz que alumbra mi camino a casa. Noto el rostro húmedo mientras mi cuerpo comienza a sudar a razón del cotidiano ascenso al que me veo predestinado diariamente. O eso o no acudir a clase. Si Sísifo pudiese leerme no me quedaría más remedio que sonrojarme.

Dudo un segundo si entrar en el supermercado o no antes de abrir el portal. “Ya lo haré luego, ahora estoy mojado” me engaño a mí mismo. Una vez en casa me cambio de ropa, ceno algo frío y que logra con más eficiencia recordarme la nostalgia de la comida casera que su legítimo objetivo de saciar mi hambre. Supongo que sólo me queda ver una película e irme a dormir.

Mañana será otro día Sísifo, mañana será.

martes, 21 de octubre de 2008

La Fiesta

El ambiente está viciado. Es normal. Conozco la sensación, ya he compartido la euforia que respiro en el aire. Son como las fiestas de los pueblos en verano solo que esta vez se trata de un pueblo grande y estamos en Otoño. Un concierto. Gente alrededor, unos bailando frente al escenario, otros bebiendo en sus alrededores, los más ancianos apartados, observando desde la distancia el espectáculo. Las parejas se sitúan cerca de ellos. No quieren compartir el algarabío general, se sienten protegidos por la suave ignorancia que se dispensa a la vejez y tras ella optan por esconderse. Cuando se quiere da lo mismo que el mundo nos vea, nuestro ego se conforma con el objeto amado y no precisa de la atención del resto del mundo. Que egoístas podemos llegar a ser en nombre de las palabras más elevadas.

Brillan las luces. El humo lo inunda todo a su paso, el ruido no permite oír nada más, la música, la bebida y las risas invaden el lugar en el cual trato de moverme con cierta dificultad. Son restos, vestigios de un ambiente decadente, viciado, anodino. Los bares salen también a la calle. Inventan ventanas correderas, puestos junto a las puertas, terrazas en donde a la mañana sólo había asfalto, todo vale esta noche.

Mi acompañante y yo nos abrimos paso a duras penas. En el camino me encuentro de todo y nada de lo que veo logra hacer florecer en mí esperanzas acerca del género humano. Comienzo a preguntarme si ellos me ven a mí del mismo modo y un escalofrío que nace a la altura de mis tobillos termina en el pecho súbitamente.

Otro empujón por el costado. Me balanceo un segundo y mi cuerpo logra tornar a la posición inicial. Sin embargo, ha sido el tiempo suficiente para perder de vista a Luis y quedarme sólo, desamparado, en este rellano de almas perdidas que se me antoja la noche.

Ahora camino un poco más despacio. Sé a dónde debo ir y sé que me esperan. De pronto llama mi atención un grupo de personas aglomeradas alrededor de una de las mesas improvisadas para la ocasión. Beben y ríen al son de la música que parece inundar toda la ciudad. Pero lo que despierta mi curiosidad es el carrito que hay junto a ellos. En él descansa un bebé de poco menos de un año. Duerme plácidamente. Ajeno a todo y a todos, tranquilo, sosegado, indiferente. ¿Cómo puede dormir entre tanto ruido y ajetreo? Un pequeño punto de luz difusa, perdida, a la que la vida terminaría ganando la carrera, pero que, con el tiempo que le quedaba, aun podía permitirse el lujo de regalar un segundo de paz a lo qué sea que llevo aquí dentro.

Lo contemplo como un oasis en el desierto mientras sigo mi camino notando tras de mí la estela de aquel pequeño trozo del mundo que sentía aun no estaba corrompido, al tiempo que me preguntaba cuanto tiempo le quedaría.

sábado, 11 de octubre de 2008

Primeros pasos

Han transcurrido ya más de dos semanas desde que partí de casa. A veces afloran pequeños recuerdos. Ciertas nostalgias. Te preguntas donde estará alguien a esa hora determinada del día, qué irá a hacer, como estarán pasando la jornada tus antiguos compañeros de trabajo…la distancia convierte lo que antes era cotidiano en una asombrosa aventura para la imaginación. Aunque probablemente, las personas que echas de menos hagan lo mismo que solían hacer cuando tú compartías sus vidas. No obstante, mi padre siempre me despide al teléfono con su típico “hasta luego”.

Logramos suplir la carencia de un rooter inalámbrico y su consecuente conexión a la red gracias a la inestimable ayuda de algún vecino despistado que no tiene protegido su acceso a Internet. Si no fuese por la indolente colaboración de la ingenuidad humana cuantas cosas no serían posibles en esta vida, empezando por este blog.

Han comenzado ya las clases, bueno, quizás fuese más acertado decir que he empezado a ir, ellas ya habían iniciado su andadura sin mi hace ya unos cuantos días, tal vez demasiados. Debo reconocer que el superávit de españoles en este pueblo ha hecho que apenas tenga contacto con el idioma extranjero que tenía intención de aprender…supongo que lo habré compensado con los litros de alcohol que a estas alturas aun corren por mi cuerpo, el caso es que no me enteré de mucho durante mi primera jornada escolar, pero observe amigos potenciales. Cuestión de meses.

Lo genial de la beca Erasmus, además de la idiosincrasia que sufres cada vez que necesitas rellenar un papel, o certificarlo con un sello, es el imaginario que todos crean actuando febrilmente y que genera en uno la sensación de qué cualquier cosa “puede esperar”. El “vuelva usted mañana” español se impone allí donde va, estrechamente ligado siempre a la palabra “siesta”. No entiendo como la cultura norteamericana ha logrado imponerse al nivel que lo ha hecho, la nuestra es mucho más atractiva, y este año, por si fuera poco, ganamos la Eurocopa.

Continúo con mis pesquisas a la lumbre de algo más que un cigarro, obtenido legítimamente jugando al fútbol con unos amigos italianos que me han presentado. Practicar este deporte con italianos ha sido uno de los hechos que me ha hecho ver el hecho, (valga la redundancia) siempre discutido, del fútbol en este país para el resto de Europa. Y es que un italiano no tiene interés en jugar a fútbol, sólo le interesa el gol y la defensa. Sacrifican el arte intrínseco en el mismo deporte por la gloria que subyace tras el partido. Tal vez este siendo un desagradecido, a fin de cuentas esta noche fumo a su costa.

jueves, 9 de octubre de 2008

Secretos Nocturnos

Nadie ni nada resguarda tan bien como lo hace la oscuridad. En ella todo es posible puesto que la vista deja de guiarnos y algo más sublime la sustituye. Es un instinto que proporciona al ser escondido tras las tinieblas más seguridad que la de sus propios ojos durante el día. Nos dejamos guiar por aquello que algunos llaman espíritu, otros instinto, y el resto divinidad humana.

Así caminaban. Guarecidos tras la penumbra. Sin mirarse. La distancia con los sentimientos que los habían acompañado durante los últimos años se medía ahora en kilómetros. Esperaban el momento que todos necesitamos a veces. Ese instante en que el pasado deja de ser relevante y podemos obviarlo, cuando el porvenir nunca llegará y lo único que ha existido siempre es el presente. Es entonces cuando el ser humano, con un simple gesto, se siente capaz de herir de muerte al destino.

Los pasos lentos y acompasados medían la distancia con el instante preciso que buscaban, deambulaban sabiendo que no se trataba de un número de peldaños, o de una distancia precisa, sino que hacían tiempo mientras esperaban a que las armas para combatir las cadenas de la vida se posasen en sus manos.

Sin embargo no siempre se alcanza ese lugar. En ocasiones el destino se resiste y no permite a los amantes encontrarse en un páramo diferente al que el mundo les regala. Pero otras veces los astros logran alinearse, el tiempo se para durante una fracción de segundo y, como dijo Neruda, al fin se puede decir con un beso todo lo que antes se había callado.

Nadie guarda tan celosamente nuestros secretos como lo hace la noche.

Primeras conclusiones

Los astros me regalan un par de horas de tranquilidad y mi querida amiga, la soledad, vuelve a entretenerme con su compañía para conmemorar mi primera semana en tierras extranjeras. Llevo poco más de siete días fuera de casa y tengo la sensación de que conozco a la gente desde hace meses. Mi recién adquirida vivienda compartida pronto se me ha hecho familiar, sus muebles, su olor, su forma, incluso el casero se me antoja conocido.

Las conclusiones llegan en forma de evidencias que se presentan ante uno como el casero cuando viene a arreglar la lavadora, en chándal y camiseta de tirantes; es decir, tal y cómo son. Es Italia el país de las motos, de las scooter´s que invaden las calles con su presencia. Tan arraigado está las costumbre que no es raro verlos fumando o hablando por el móvil mientras conducen entre el algarabío de coches que luchan en las carreteras por llegar antes. Y es que el automóvil es otra de las cuestiones que ha llamado mi atención por su intrépido desprecio por la vida humana. No es raro ver coincidir semáforos en verde para peatones y para conductores al mismo tiempo, por lo tanto, y pese a la supuesta prioridad que concede el paso de peatones dibujado en el asfalto, uno debe cuidar por su vida en cada cruce de acera que efectúa. La velocidad con la que los observo conducir tampoco resulta un síntoma que despierte el optimismo en mi corazón.

Desde que estoy aquí, y pese a que Trieste no resulta un lugar muy grande, he oído las sirenas de por lo menos siete ambulancias. En principio lo achaco al azar, al que siempre ayudan las circunstancias a cumplirse, pero sospecho que el concepto de transporte privado en estas tierras guarda cierta relación con la constante invasión de las luces y bocinas de los vigilantes de la salud.

Los días son largos, eternos. Poco a poco voy creando la vida que quiero vivir en el extranjero a base de pequeñas acciones que se convertirán en costumbres con el tiempo. Es algo parecido a volver a nacer, a reencarnarse recordando la vida anterior que viviste conservando sólo lo aprendido, lo vivido y la añoranza de ciertas cosas y personas que tratas de sustituir pero que nunca logras reemplazar.

El Aeropuerto

Había olvidado cómo era este país. Los desayunos nefastamente grasientos, los gordos borrachos de cara rojiza, los rubitos jóvenes de ojos azules quienes, pese a las facilidades con las que nacieron, nunca podrán ser atractivos, la torre de Babel que son sus aeropuertos y el amable trato que su burocracia dispensa siempre a los extranjeros. Si, por una noche he vuelto a Londres, mi ciudad de paso porque el destino quiso, y parece seguir deseando que así sea. Algún día, en un futuro lejano, me gustaría pasar aquí algo más de una o dos noches. No me desagrada en exceso, el lugar me gusta, siempre que veo todas las chucherías que venden en tamaños industriales, pienso en cómo le gustaría a mi primo vivir aquí.

No obstante, Londres no es mi destino. Me dirijo a Italia, Trieste, con el fin de pasar allí el último de mis cursos académicos (aunque personalmente los tres años pasados me han parecido más cercanos al gore que a lo puramente entendido como estrictamente académico….con excepciones, as always). Ayer viaje de Santander hasta el más norteño de los tres posibles destinos londinenses, y hoy (deben de ser las 10 de la mañana), viajaré a Italia, país completamente nuevo para mí insípida experiencia vital.

Tengo un rato libre hasta la hora de embarcar y, como no disfruto volando, más bien sufro ligeramente, y el tiempo hoy tampoco me acompaña, he pensado que sería un buen día para comenzar lo que será mi cuaderno de bitácoras en la red.

Odio mis nervios. Entiéndase que cuando utilizo el posesivo “mi”, quiero hacer hincapié en que cada uno sufre un desarrollo diferente de los mismos. A unos les entra pánico y necesitan bajarse del avión (aunque estos sean los casos más exagerados), a otros les sale sarpullido en la piel, o necesitan realizar todo un ritual de retalias dirigidas a calmar una superstición con la que han aprendido a convivir.

A mí me afecta a la tripa. Es asombrosa la cifra de veces que puedo acudir al baño en un día como estos. El estómago me suena constantemente y lo único que logra apartarme de esta incómoda sensación son unas botas de mujer que sugieren una falda más bien corta al final del recorrido. No sigo subiendo la mirada, me gusta lo que he visto ¿Por qué estropearlo?

Debo reconocer que mi regreso a tierras anglosajonas ha sido todo un éxito. He logrado entenderme a la primera en cada una de las encrucijadas en las que me he visto envuelto, lo cual me proporciona cierta seguridad y confianza en la Odisea a la patria de Rómulo y Remo, y me he adaptado tan bien que la mitad de las cosas que pasan por mi cabeza lo hacen en inglés, la otra parte de mis senilidades no soy capaz de traducirlas pese a estar en mi lengua materna, cosa de los nervios.

No soporto el tedio de los aeropuertos, seguramente es el lugar donde más gente lee del mundo, lo digo porque en mi calidad de estudiante sé, a ciencia cierta, que la gente suele acudir a las bibliotecas a hablar, no a leer. Este empírico dato convierte los aeropuertos internacionales, esos de las largas esperas y las hileras de asientos interminables, en los grandes comedores de lectura de esta nueva época. Me pregunto qué dirían Homero o Virgilio.

Las mismas botas, la misma falda vuelve a pasar y logro resistir nuevamente la tentación de alzar la vista. El interfono del aeropuerto no deja de sonar con avisos de llamadas a vuelos con destinos en los que nunca he estado pero que me hacen pensar en las posibilidades que nos ofrece el mundo. Mi estómago hace los ecos del primer aviso para mi vuelo como si se tratase de una sinfonía aun no compuesta que prueba sus primeras notas para llegar a ser algún día una partitura completa.