domingo, 22 de marzo de 2009

Otra extraña noche Triestina


Salimos del portal en manada. Fuera reina la incertidumbre por unos segundos hasta que, por arte de magia y con la mayor naturalidad del mundo, los grupos se forman como si respondiesen a una lógica secreta que el destino no quiere compartir con nadie. Mis dados han decidido que debo caminar junto a Luis. Nos las apañamos para hacernos con una botella de Lambrusco caliente que, junto al aire frío que respiramos pesadamente al caminar, crea un contraste curioso al colarse por nuestra garganta. Hemos vuelto a caer en el tópico de “arreglar el mundo” mientras estamos borrachos. Sé que mañana no recordaré nada de esta conversación, y creo que Luis también tendría esa certeza si me decidiese a preguntarle, pero eso supondría deslegitimizar el tono de raciocinio que ponemos a nuestra voz cada vez que de nuestra boca sale una verdad cómo un puño. Estamos arreglando algo importante, debemos acompañarlo con nuestra mejor fingida seguridad.

Sabemos que no vamos a cambiar nada, que ni siquiera tienen sentido muchas de las cosas que decimos, pero también somos conscientes de que aún queda un trecho largo hasta donde nos dirigimos y que de algún modo debemos matar el tiempo. Mejor que sea con una sonrisa en la boca y una desmedida confianza en lo que decimos que arrastrándonos por el pavimento.

El pelotón nos sigue a unos veinte metros y camina haciendo ruido con todo lo que tiene, gritando, bebiendo y riendo. Supongo que a todos nos gusta hacernos oír. Miro un segundo al cielo y respiro el aire frío de la experiencia Erasmus. Pienso que una vez termine todo esto, las calles que he recorrido en estos meses seguirán estando aquí, ajenas a todo lo que para mí significaron una vez. Quizás un día podría decírselo. Pero no creo que me escuchasen. De todos modos, lo bueno de empuñar una botella de vino abierta por la calle es el derecho que te da a hablar con paredes, farolas, postes, yonquis abandonados a su suerte en algún banco y demás objetos inertes que al abrigo de la luna cobran un matiz más significativo aun que durante el día. Es cómo hablar con personas, salvo que ellas ni fingen interés ni te interrumpen. Además puedes ser sincero, ya que siempre obtienes la garantía absoluta de que no lo compartirán con nadie.

Cuando Luis me dice que estamos arreglando el mundo le sonrío. Me doy cuenta de que cuando todo esto termine y vuelva a casa voy a echar de menos salvar a la humanidad junto a una botella de Lambrusco caliente y él (en ese orden).

Cuando creemos haber sellado las grietas más visibles del jarrón que hemos inventado para entretenernos durante el camino, justo cuando el viento comienza a soplar en Trieste, y en la noche Triestina brillan las primeras luces de esperanza, Luis recurre a contarme una de sus teorías sobre mujeres. La noche acaba de comenzar.

domingo, 15 de marzo de 2009

Mi primer Cartellone


Cómo somos hijos de las costumbres y nietos de los rituales, se antoja complicado vivir en un país durante seis meses sin presenciar alguno de estos. También se puede tener mala suerte, o ser muy tonto, pero supongo que lo normal será encontrárselos, incluso poniendo un poco de nuestra parte, participar en alguno de esos sagrados momentos culturalmente ajenos a nuestras costumbres.

Así me aconteció el otro día. Estuve presente en mi primer “Cartellone”. Se trata del final del camino del estudiante; El día en que acaba la carrera y se laurea con honores. Y claro, la confianza, esa de la que suelen abusar los amigos, está para manchar los galones, y si es nada más recibirlos, mayor tentación. Por ese motivo, el aclamado y reciente ex estudiante, tras presentar su tesis final, recibir los votos de humano preparado para dejar la caverna y poner el pie en el mundo exterior, habiendo llegado al final de un camino que a momentos se le antojó interminable, encuentra una pequeña metáfora de lo que le espera en la vida una vez abandonado el confortable cobijo de las aulas.

El Cartellone en si no es más que una cartulina bastante grande con fotos del protagonista, que pueden estar adulteradas o no, y enmarcados por gigantes espacios en blanco que son rellenados con breves rimas chistosas y humillantes. La esencia del mismo es realmente lo que acontece alrededor de este: El laureado debe vestirse con las ropas que le han preparado, generalmente no muy dignas ni cómodas, y leer en voz alta la lista de improperios en consonante o asonante que sus “amigos” le han dedicado con motivo del evento. Por cada vez que se trabe al leer, pare para tomar aire, se detenga para reír o dude, la misma masa enloquecida que un día tomo la Bastilla, o asedio Troya durante ocho años, le arenga a beber un trago de la botella.

Así, en Italia, el país que dio a tantos magnos personajes de fama mundial en la antigüedad, aunque hoy se haya amoldado con bastante eficiencia a la vulgaridad generalizada en todo el continente, goza de preparar a sus estudiantes en el último escalón del recorrido con una humillación pública; bellísima metáfora de lo que la vida les depara, quiero suponer. Menos mal que la sabiduría popular está siempre presente para enmendar las carencias de la praxis institucional. Ahora que lo sé me siento mucho más tranquilo.

viernes, 6 de marzo de 2009

Incompatibilidad tecnológica


Juega el Athletic la semifinal de Copa del Rey. El partido que puede darle el pase para jugar la final le enfrenta al Sevilla en San Mames. Cómo me encuentro en Italia no me queda más remedio que verlo por Internet. Voy a casa de Luis. Estoy nervioso cuando el árbitro pita el comienzo y aun no hemos decidido que canal vamos a escoger. ¿El que se ve un poco borroso pero puedo escucharlo en mi lengua natal o el que le imagen es más nítida pero lo retransmiten en inglés? Dejamos los dos, esperando que ocurra algo, generalmente solemos optar por el que menos cortes sufra.

Seguimos en pesquisas, con los ingleses ofreciéndonos el partido cuando oímos voces en nuestro idioma que cantan un gol. Javi Martínez ha adelantado a mi equipo y aun tengo que esperar cuarenta segundos para poder ver el gol porque la imagen se ha cortado. Le pido a Luis que desconecte al pesado de Patxi Alonso para que no vuelva a estropearme el momento.

Finalmente veo el gol. Aun con todo lo celebro. Los nervios dejan paso a un pequeño atisbo de alegría contenida que explosionará en 90 minutos si la suerte me sonríe. Sigo viendo el partido con la tensión que ha regresado a mi cuerpo para no abandonarme. Suena el teléfono; me llama mi amigo Jon.

-Grande Javi Martínez ¿eh?-le digo nada más descolgar.

-Qué pasada tío. Ganando de dos. ¡Increíble!

-¿De dos?-le pregunto. -Aquí sólo hemos visto un gol.

Hago cuentas. El problema de ver un partido por Internet es que sueles encontrarte siempre unos minutos atrasado con respecto a la inmediatez del directo. Le doy las gracias con cierta sorna e intuyo que con el ruido de fondo no me entiende, así que le cuelgo y pienso “capullo”.

Un par de minutos después veo cómo Llorente anota el nuevamente anunciado gol. Sonrío. Ya no puedo celebrarlo porque he tenido tiempo de sobra para asimilarlo y mis sentidos se encuentran agarrotados por la cercanía del momento. Me froto las manos y trato de distraerme sin dejar de mirar la pantalla pero en vano. Todos mis intentos por liberarme del estrés provocado por la acumulación de la tensión sobre mi espalda son fútiles.

Vuelve a sonar el teléfono. Esta vez es mi primo Juan. Contesto:

-¿Lo estás viendo?-Me pregunta.

-No, estoy estudiando para un examen no te jode. Pero ¿lo estás viendo tú? Si pasas del fútbol-me extraño.

-Dos cero tío, estoy flipando- me encanta que ignoren mis preguntas.

-Ya, bueno, aun queda mucho.

-Espera, espera, espera, espera... ¡Buah! Tres cero, flipa.

-¿Qué? ¿Han marcado?

-Ahora mismo. Tres ceros primo. Jua, jua. Que van a jugar la final tú.

Lógicamente cuelgo el teléfono a mi primo. Mientras maldigo el hecho de encontrarme emparentado con semejante esperpento mi móvil vuelve a vibrar. Mi Madre. “Querrá terminar de joderme el pastel” Le cuelgo, no me gusta colgar el teléfono a mi madre bueno, ni a nadie desde que tenía 19 años, pero siento haber obtenido una justificación, en forma de goles previsibles, más que válida.

Apago el móvil. Vuelvo a frotarme las manos, esperando ese gol predicho. Finalmente llega. Ni me levanto del asiento. Suspiro un poco por aquí, resuello otro poco por acá, y hago tiempo hasta que termine la primera parte. Cuando lo hace no enciendo el teléfono. Me prometo que nadie va a fastidiarme otro gol en este partido y, cual Nostradamus, mi predicción se cumple cuando, tras 90 minutos, el marcador sigue igual. Supongo que eso no debería empañar el hecho de que vayamos a ver a nuestro equipo la final. Y cómo dice mi madre, “de los arrepentidos nacen los escarmentados”. Espero acordarme de hoy en Mayo.