jueves, 22 de enero de 2009

Exámenes


Como en teoría debo pasarme el día estudiando, me cuesta más de lo normal ponerme a escribir. Es decir, puedo escaquearme del estudio para ver una película, soy capaz de irme a casa de alguien a ver un partido del Athletic, dormir quince horas diarias si eso evita sentarme en frente de un libro aburrido que versa sobre la publicidad, pero, si me siento a escribir, tengo la sensación de que debería estar estudiando, y no deja de parecerme curioso.

Aun tengo tiempo hasta el primer examen de permitirme el lujo de desperdiciar un par de días más, aunque claro, con 48 horas para estudiar me valía en mi país, y no sé si estoy haciendo bien la escala que supone el cambio idiomático, aunque tampoco me aclaré del todo cuando empezó lo del euro. Pero, para ser francos, tampoco estoy muy preocupado. El primer año de carrera, recuerdo que hacer un examen era, y lo digo con cierta vergüenza, una de las cosas más excitantes por las que debía pasar en todo el curso, bueno, eso y cuando se desprendió una ventana hacia el interior de la clase. No hubo heridos pese a mis intentos por recoger los cristales del suelo y lanzárselos a algunos de los indeseables que compartían aula conmigo y cuyos nombres nunca llegué a aprender. Siempre me digo que midiendo medio metro más hubiese llegado muy alto en la vida gracias a la intimidación que provocaría.

Pero creo que, como de costumbre, me he desviado del tema. Estaba hablando de lo insípido que me sabe hacer exámenes ahora mismo. Tiene más presión el avión en el que vine que yo cuando…espera no, ese es un mal ejemplo. Sufre más presión el Real Madrid cuando salta al…tampoco voy encaminado. Bueno, lo cierto, y pese a mi dificultad por encontrar un símil, es que no me hacen sentir ni frío ni calor.

Aunque todo se verá el día que, delante de otros 30 estudiantes, todos ellos descendientes de Rómulo y Remo (y también de una manada de lobos), mi pequeño dominio de la lengua italiana y yo, juntitos de la mano, nos plantemos frente a un tipo serio de gafas de patilla ancha y cejas, digo ceja prominente, para que nos pregunte acerca de… la verdad es que he estudiado tan poco que no se me ocurre que podrían preguntarme en el examen, exigiría que supiese de que iba la clase.

No sé, quizás mañana me levante y vaya a la biblioteca a estudiar un ratito. El problema es que no sé exactamente por donde cae. Quizás pregunte por la calle. Si eso haré. Bueno, dependiendo de lo que haga hoy el Athletic en Copa. Por ejemplo, si gana por más de tres voy, si es por menos me lo pienso, y si empata o pierde, puedo quedarme durmiendo toda la mañana. Lo que uno se ve obligado a hacer para insuflar una dosis de emoción a la vida.

martes, 13 de enero de 2009

"A quien madruga..."


Hoy algo parecía sonreír desde el cielo la costera ciudad de Trieste. El día ha amanecido espléndido, contradiciendo la tónica general repetida desde mi vuelta, propensa a cielos nubosos sin lluvia o a la fría Bora cuyos rastros de la noche aun coletean a la mañana y el mediodía convirtiendo en Odisea cualquier viaje que suponga atravesar las cómodas y cálidas fronteras de casa. Quizás, más impresionable aun que el giro climatológico del día, suponga que haya madrugado sin pesar sobre mi espalda la obligación de ir a clase.

Mi primer vistazo a través de la ventana me ha conducido de la cocina a la ducha, y de allí a la calle. Aunque no teníamos muy claro para qué, sabíamos que un imperativo recaía sobre nuestras conciencias y, una vez levantados y ociosos, no resultaba lógico obcecarse obviándolo.

Pese al sol que lucía con optimismo donde hacía poco sólo habitaban estrellas, la ciudad se encontraba ligeramente fría gracias a la sombra que proyectan sus edificios, por lo que decidimos caminar junto al mar, en donde las barreras humanas nunca gozaron de mucha solvencia y los rayos de sol calientan los pasos de los viandantes en días cómo hoy. Sin darnos cuenta nos encontrábamos en el canal grande de Trieste, en cuyos laterales nos decidimos a compartir terraza con los jubilados que leían el periódico mientras se echaban miradas con cierta inquisición, de mesa a mesa, los unos a los otros, al percatarse de que nuestro lenguaje era diferente al suyo.

Seguimos caminando y Alberto me propone entrar en una Iglesia Ortodoxa. Cómo sé que le gustan las iglesias tanto como al resto de los hombres las mujeres, no me resisto y acepto saciar su vena fetichista acompañándole, a fin de cuentas, y al margen de mi escepticismo religioso, a mí también me gusta el arte que albergan los sacros edificios.

La vuelta a casa también la realizamos junto al mar, pero aun encontramos tiempo para una última parada en el ligero saliente hacia lo desconocido, que antiguamente debió ser una pista de aterrizaje, me hace saber mi acompañante. Observo el empedrado del asfalto y sonrío al recordar mi paranoia a volar; “Debo ser más cobarde de lo que creía”. Nos sentamos a fumar un cigarro con los pies a ras del agua mientras observamos un horizonte que permanece indiferente a nuestra conversación.

Hoy hace un bonito día en Trieste y me alegro de haberlo acompañado con uno de esos momentos en los que sales a la calle, sin saber a ciencia cierta qué vas a hacer, y vuelves a casa sintiendo que te encuentras, desconociendo cómo o por qué, un poco más cerca de ti mismo.

domingo, 4 de enero de 2009

El Retorno del Erasmus


Dos semanas de vuelta en casa dan para mucho, pero se acerca el momento de volver a la casilla de salida, dejar atrás los sentimentalismos desencadenados durante las fiestas navideñas y volver al lugar correspondiente: El Erasmus debe continuar, quien soy yo para oponerme al designio del destino.

Ya se ha cumplido un tercio del periodo que me corresponde por derecho internacional, y demás tratados pertinentes, y una vez asentado, es el turno de poner en práctica lo aprendido hasta el momento. Descubrir si el parón navideño me ha sentado tan bien cómo al Real Madrid, poner a prueba las bondades del lenguaje en el que me tendré que examinar, la aun mayor bondadosa predisposición de mis examinadores (tengo depositadas ciegas, vanas e ilegitimas esperanzas en este punto concreto), felicitar el año y las navidades, preguntarles que tal su vuelta al hogar, a personas que conozco desde hace tres meses y con las que me veo “obligado” (entiéndase que diferencio grados de obligación) a malvivir en una batalla diaria por las últimas gotas de agua caliente de una ducha que se cae a pedazos.

Me reconforta pensar que, al menos, he aprendido de mi experiencia y, citando a mi madre: “De los arrepentidos nacen los escarmentados”, he aprovechado la ocasión para llevarme un mando para el ordenador y el Pro. Así no siembro dudas acerca de mi precaución.

No obstante, la vuelta a casa ha tenido beneficios mayores aun que el de suministrarme ideas y material con el fin de evitar la conversación con mis coinquilinos y sus invitados. La paz y tranquilidad que recorre el alma de cualquier hijo al comprobar que su madre persiste en sus manías y formas no es equiparable al ligero, aunque gratificante, hecho de sentirse un poco más a salvo en cuestiones de comodidad doméstica. También reconforta esa rutina adquirida con años de práctica que, al encontrarte indispuesto, te predispone siempre a ser capaz de volver a casa porque no corres el riesgo de olvidar donde vives, o diferenciar en qué lugares puedes parar a “tomar aliento” y en cuales otros no.

Nada cómo volver a casa y encontrarse con aquellos viejos fantasmas del pasado que siempre olvidas cuando viajas (de ahí que las aerolíneas llevasen años cosechando beneficios: “A más distancia, menos recuerdos” debiera ser el eslogan. Los aviones deben ser entonces lanzaderas de huida). O las manías y fobias de los amigos que te hacen sonreír los primeros días y desear estar subido ya en el avión cuando tu estancia se encuentra tocando a su fin. Bonitos recuerdos que van surgiendo uno a uno como se pasan las páginas de un libro cuyo final ya conocemos y no siempre tiene por qué gustarnos.

Hogar, dulce hogar, te voy a echar de menos, pero estos seis meses que aguardan como el niño la noche de reyes, brindan en tu nombre. ¡Salud!