
Todo sucedió en el verano de 2004, en la ciudad de Berlín, concretamente, en el Estadio Olímpico de la capital alemana. Corría el minuto 110 de partido, debido a la prórroga, y suponía el último encuentro de quien todo el mundo consideraba que entraría a formar parte de la “lista de elegidos por el destino” para pasar a ser uno de los mejores de la historia: Aquella tarde Zidane luchaba por la Copa del Mundo al mismo tiempo que lo hacía por su inmortalidad. El rival era Italia.
Pero el destino quiso torcerse; Debió torcerse, era inevitable. Zidane no sólo propinaba un cabezazo a Materazzi, también, y sin habérselo propuesto, renegaba de la inmortalidad que el mundo quería darle. Miraba fijamente a los ojos de los millones de espectadores que habían detenido sus vidas para ver un partido de fútbol, y hacía girar sus perspectivas haciéndoles presenciar una autoafirmación individual, ante la cual nadie, ni nada podían elegir; Sólo un hombre tenía reservado ese derecho, y optó por su humanidad ante el asombro de todos los que secretamente soñaron algún día con ser él.
Zidane no sólo eligió ser el individuo en tiempos de la masa, sino que optó por el individuo que era, no por el que el mundo esperaba que fuese. Se dejó llevar por su lado más humano, demostrando que no importaba lo buen futbolista que fuese, ni los millones que atesorase, tampoco transcendía el momento o la fama, ni la reputación, tan sólo su humanidad, con todos sus defectos, sus miedos o esperanzas, con los sueños de un ser humano elevado a la categoría de los ángeles con todo el potencial de siglos y siglos de perfeccionamiento. Zidane demostró que daba igual lo que el mundo fuese capaz de evolucionar, el ser humano seguía siendo demasiado impredecible, enigmático, implacable y abstracto para el propio ser humano.
El mundo creía tener atado a Zidane de pies y manos, debía ser lo que el subconsciente de todos quería que fuese. La rebelión tomó forma de cabezazo, fue la acción más humana, más extrañamente particular que podía escoger un ente liberado para abofetear el rostro del mundo.
“Así soy yo. Puedo permitirme el lujo de lanzar un penalti a lo Panenca en la final de una Copa del Mundo del mismo modo que puedo propinar un cabezazo a un italiano en el mismo partido, pese a lo que significa para vosotros y para mí. Así soy, y así debéis aceptarme, no como vosotros pretendéis que sea.”
Un natural de estas tierras, con cara de pocos amigos, muerto más de cien años atrás, fue la única alma que ante el silencio ensordecedor que inundaba el Estadio Olímpico de Berlín en aquel momento de la extraña historia del hombre, fue consciente de lo que debía hacer. Por ese mismo motivo, se levantó de su asiento, y ante la mirada atónita de 69.000 personas, aplaudió con todas sus fuerzas la acción que sus ojos acababan de vislumbrar. "Una virtud es una invención propia", parecían decir sus malévolos ojos.
Cuando terminó de ensalzar en la medida en que lo creía oportuno la materialización de sus teorías filosóficas, tomó asiento, pero no sin antes prorrumpir un murmullo en una voz difusa, mezclada con los gritos que habían vuelto a animar el partido. Los que aquella tarde se encontraban próximos a él juran haberle oído decir: “Que viva el súper-hombre”.


